Territorio y gesto

Cortar un hueso, esperar un tramo de luz de los ojos en órbita, tafetán del muñeco que da gracias a los lares, los monstruos y las inanes formas del tiempo. Trocear al fantasma, esperar la hipérbole de su presencia en cada habitación de la casa que es tu rostro, invernadero de sombras relleno de grasa. Pelo, metal, voladura de cieno.

El arte como gesto, inundando las manos, rebosando los cuerpos que se entregan a la comunión del paso sin prudencia. Bisontes negros de furia que apagan las luces de la habitación, porque en ellas hay un animal, un diablo gigante que habla desde el resto de los cristales pegados al corazón. Allí donde la herida. Allí donde está el mapa.

Te ofreceré las manos, dice el golem, bestia y droide de plástico prieto. Sostener el equilibrio de lo que eres, más allá de la muchedumbre que está lejos en el espacio que queda marcado por el gasto de la suela. El arte como sostén de la furia de los frutos negros de la determinación de la ciencia, el arte inesperado. También se trazan los caminos con el perdón de la tesela.

El gesto que acumula la piel hasta que estalla. El pulmón del robot, ladrado por la caída de los sin nombre. Ser cuidado por un animal, ser arrastrado por fin al goce de la madriguera. Las garras, el gesto de nuevo.

La belleza de las formas, destrozadas y nuevas: barbecho en el apocalipsis de los días que han de venir. El punto de unión como agujero.

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Fotografías obtenidas de Bestiary

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