Cuando tenía dieciocho o diecinueve años, mientras estudiaba Química, decidí, no recuerdo por qué, no recuerdo cómo, participar en un voluntariado en el Hospital materno infantil Virgen de las Nieves de Granada. Allí descubrí que lo mío era trabajar con personas, no con disoluciones químicas y sobre todo, no con las que dieran los mayores beneficios a menor coste. Ahí me planteé finalmente cruzar 1000 kilómetros para hacer Terapia Ocupacional.

Durante un tiempo estuve en diferentes plantas del hospital, y al final acabé en oncología. Era un voluntariado duro, uno de esos que te hace tambalear la fe si es que la tienes. O mejor dicho, como diría Robert Anton Wilson, te hace creer en lo que decidas creer. Allí entendí el valor de la esperanza, no la de la trampa del marketing y la superchería, sino la de verdad, la de proyectarse en un futuro inmediato. La que hacía, como contaba el gran DeLillo, a los pilotos pintar las pin-ups en los morros de los aviones.

Entonces un día conocí a J., un chaval de 12 años con un tumor cerebral que, entre otras cosas, le causaba ceguera. Jugábamos al ajedrez y, aunque ya no podía ver las piezas, si le decías dónde estaban, te ponía perfectamente en jaque. Pasamos muchas horas juntos, también con sus padres. Y nos reímos mucho, a pesar de la quimio, el confinamiento y el dolor. Hasta que llegó ese día en que J. murió.

Y dolió mucho. Nunca antes me había preocupado así por alguien más allá de la familia. Recuerdo plantearme la Vida y la vida, desde la rabia. Supongo que es normal: la necesidad de encontrar culpables siempre es perentoria. A veces, no nos queda mucho más, sobre todo cuando hablamos de alguien tan joven y piensas en todo lo que le quedaba por hacer. Después de días de luchar contra mi propia fe, lógica y cabeza, al final decidí que aprovecharía las oportunidades vitales, brindando por J., viviendo mientras pudiese por él. Así conocí en aquella época a muchas personas, me atreví a muchas cosas. Disfruté, ahora puedo decirlo. A mi manera creo que honré a J., dedicándole en secreto muchos de mis momentos inolvidables.

Hoy, veinte años después, esta misma mañana, ha fallecido L.

Ahora mi rol es diferente, trabajo como terapeuta ocupacional en asistencia domiciliaria, y he estado en su hogar, con ella, con su familia. Después de una nueva mala época, donde el tumor le había dejado nuevas secuelas, intentábamos encontrar juntos razones para continuar, y creo que las empezábamos a ver, pero no nos ha dado tiempo a seguir adelante. A la vuelta de las vacaciones de verano, las malas noticias nos han llevado hasta aquí, hasta las seis de la madrugada del 6 de noviembre de 2018.

Pero antes de esta fecha, pude conocer un poco la vida de L. Me contó de su pasado, siempre viviendo a la sombra del tumor desde bien temprano, me habló de las dificultades en el colegio y en el trabajo, de las amistades reducidas, de los límites. Y lo sabía, y sufría por ello, pero decía que terminó acostumbrándose y ahora vivía en un presente continuo cuya meta era, sobre todo, volver a andar. Perder el miedo a caerse a causa de la marcha atáxica, superar ese quiero y no puedo, entender cómo podía controlar un cuerpo que cada vez era más complejo. Comprender qué podemos hacer con la voluntad, cuando el cuerpo se convierte en lo extraño, en algo en lo que cuesta confiar.

También quería que ayudásemos a su madre a no preocuparse, a descansar. A estar todos un poco mejor.

A L. se le amaba, se le ama, lo podías ver rápido, en cada tacto, en cada mirada. Su madre, su padre, han estado conviviendo también con ese tigre silencioso, como le llama Olivia Rueda y han tenido la fuerza suficiente para tirar adelante, pagando un precio, por supuesto. Han buscado ayuda y no ha sido nada fácil: el daño cerebral es uno de los grandes olvidados, porque necesita recursos, preparación y, sobre todo, tiempo. Porque nos recuerda de una manera devastadora que nuestra atención social y sanitaria no puede estar al margen de los modelos de atención centrada en la persona. No, si quiere ser realmente útil y no solo un caballo de batalla de políticas económicas sin escrúpulos.

Las personas con daño cerebral y sus familias necesitan que, como profesionales, sepamos comprometernos en asumir responsabilidades en una situación extremadamente compleja, tan orgánica como social, tan económica como política, tan cognitiva como emocional. Esto sin duda es corolario para todas las situaciones de asistencia, pero ahora estoy hablando de L., y lo mínimo que le debo es recordar que, a pesar de que hayan situaciones médicas insalvables por las que alguien ya no puede continuar, acompañar a esa persona, a su familia, proveer de posibles soluciones realistas a las pequeñas grandes necesidades que rodean al tigre, cuidar la manera de hacerlo, es nuestra obligación ética.

Para terminar, L., te quiero dar las gracias. Por lo que he aprendido junto a ti, por lo que me has enseñado acerca de la voluntad y el cariño. De la importancia del contacto y la honradez en el asalto. No sabes cuánto lamento no seguir escuchándote. No sabes cuánto lo siento, también por tus padres. Esta es mi manera de decírtelo. Con ellos seguiré trabajando, al menos un día más. A ti, sólo puedo ofrecerte, desde el mayor de los respetos, mi trabajo. Mi profesión y mis palabras. Seguiremos adelante por ti, en tu honor, en tu recuerdo.

Estimada L., descansa en paz.

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MONO, mi segundo poemario, por fin vio la luz en 2016. Joan de la Vega, editor de La Garúa Poesía confió en el manuscrito y ayudó a que el libro cobrase, finalmente, forma física. Presencia y tacto. No dejaré de agradecerle su gesto de valentía, que publicar en estos tiempos según qué tipo de poesía, según qué tipo de autoría, no es tarea fácil. Se puede adquirir en contacto conmigo o a través de la web de la editorial.

Si has llegado aquí habiendo leído el libro, ya sabes de qué van los poemas. Porque ya le has dado forma, la tuya, a partir de los trazos que fueron construidos. Si aún no me has dicho qué te pareció, recuerda que estaría encantado de saberlo. Al fin y al cabo, para eso está, para eso ha cobrado corporeidad.

Si has llegado aquí y no conoces el libro, te puedo contar un par de cosas. Algo que pueda, quizá interesarte para leerlo. O no, que nunca se sabe.

Los poemas de MONO hablan sobre una cualidad de ser, de estar en el mundo. Pretenden ser poemas núcleo, pequeñas proteínas en medio de un descampado. El andamiaje de la estructura son los escenarios de guerras cruentas, de pasajes al acto que han devenido, por necesidad, en agujeros en la historia y en vacíos en las vidas de cada uno de los individuos que las experimentaron. Porque MONO trata de eso, de significantes anclados en un lugar, territorio o senda, vector indolente, que se relacionan con el medio como la piedra con el agua, esté más o menos sucia. Con los batracios. Con las bacterias. Piedras que incluso un día se acaban moviendo o desaparecen. Engañosas referencias de lo sólido y lo irremediable, sustraídas por voluntades incontrolables.

Para quien no lo conozca, un adelanto:

MONO no es ninguna revelación de nada. No es, ni siquiera, un desahogo. Ni una lección, ni una declaración de intenciones.

Ojalá, al menos, semillero.

O agujero en el techo, por donde corra una extraña corriente de aire que no se note, casi.

O habitación plagada de errores y recuerdos. Y al final, la fabulosa contingencia.

Gracias por acercaros.

PD: MONO tiene que ver con múltiples influencias. En particular, las musicales. No habría un solo poema sin ellas…

Continuamos con la tercera parte de estas pequeñas reflexiones personales en torno a la definición misma del constructo teórico-práctico al que hoy en día nos referimos como Arteterapia. Si has llegado aquí en primer lugar, recuerda que este es el tercero de otros dos posts relacionados. Los puedes leer aquí (la primera parte) y aquí (la segunda). Si ya los leíste, gracias por continuar. Espero que te hayan sido de alguna utilidad.

Eye of silence - Ernst

16. SOBRE LA RESPONSABILIDAD.
La responsabilidad profesional con respecto al espacio, el respeto por los límites del propio marco físico donde se lleva a cabo la representación, el acto del proceso creativo.

La responsabilidad sobre el material, la calidad, la cualidad y cómo se ofrece.

La responsabilidad por cómo se establece la dirección del proceso. Saber renunciar a llevar a nadie a ningún lado. No somos conductores.
Caminamos en paralelo a la persona, pero nos movemos a través del dibujo que traza su aire. No es sólo poesía. O sí, es poesía, porque es una posición ética frente a un otro con el que nos hemos comprometido.

La responsabilidad en saber sostener esa seducción mutua, casi sensual, que deriva de la emergencia de la creación artística.

La responsabilidad de la persona sobre aquello que produce: un “hacerse cargo como sujeto”.

La responsabilidad en la ausencia, la nuestra, la de la producción, la de la persona que no acude o aquella que no está. La responsabilidad de ser garantes de la calidad y cualidad del tiempo y el espacio que se emplea en el vínculo que se ha creado.

La responsabilidad en el cierre. Cuidar una semilla o un volcán.

17. SOBRE EL VOYEURISMO, LA DOMINACIÓN Y LOS JUICIOS DE VALOR.
Profesionales voyeur, dominantes y jueces. No gracias.

¿No conocéis alguno o alguna? ¿Nunca lo habéis sido? ¿En serio?

El problema no es haberlo sido alguna vez, el problema es no haberse dado cuenta de cuándo nos posicionamos en ese rol.

El tercer sector, el mundo asistencial, la psiquiatría, el constructo psi… es un campo fértil para los vicarios amantes de la tragedia humana, los salvadores del mundo y los policías del pensamiento (el uso del género masculino aquí es intencionado). Ya hay demasiados, ahorrémosles a nuestros clientes ese trago tan repetitivo, tan amargo. Tan egocéntrico. Si has venido aquí a mirar, a juzgar o a dar lecciones de hermano mayor, quizá el Arteterapia no es tu camino. O quizá es otra forma de entenderla. Si así es, defiéndela. Ya caerá por sí sola.

18. SOBRE LA PRESENCIA EN LAS INSTITUCIONES.
Conforme pasan los años voy entendiendo cómo el cambio de paradigma no es una chispa que corre a través de un cordel de algodón, sino una serie de cargas de profundidad apostadas en torno a un buque milenario. En ese sentido, nuestra responsabilidad en cuanto a la calidad de nuestro ejercicio individual como arteterapeutas, nuestra voluntad de acompañamiento, -no sólo a las personas que atendemos, sino también al propio transcurso del tiempo y lugar social-, tiene que ir acompañada de un trabajo contracorriente en el seno de aquellas instituciones donde se nos deja un mínimo espacio para desarrollarnos.

Es decir, es nuestro trabajo demostrar a la institución que somos una (relativamente) nueva intervención, que no somos una moda, que no somos meras vías de expresión, color y sonrisas, sino que tenemos un valor único, inédito e insustituible. Somos una herramienta y un medio valiosos porque colaboramos en la construcción de nuevas narrativas vitales para cada persona que comienza un proceso creativo. Aportamos una visión complementaria con el resto de figuras y roles presentes en las intervenciones y manejamos un plus de libertad y autogobierno a la persona atendida que no es fácil de conseguir desde otras disciplinas. Tenemos un valor por descubrir (¿acaso no lo será siempre? ¿No es ese “por descubrir” la base del Arteterapia?) que es perfectamente constatable.

Y no podemos esperar a que la institución venga a buscarnos, ya que aún no estamos dentro del paradigma de importancia social y, mucho menos, lo está nuestra sociedad próxima, la de nuestras comunidades, nuestros discursos cotidianos.

El futuro del Arteterapia se juega a grandes rasgos en lo que las instituciones entiendan que ofrecemos, no en lo que ellas deseen conseguir gracias a nuestra profesión.

19. SOBRE EL PAPEL SOCIAL DEL ARTETERAPIA.
Al hilo de lo comentado, desde mi punto de vista las y los arteterapeutas tenemos la responsabilidad social que hemos decidido adquirir en la elección del objeto y sujeto de nuestros trabajos, de nuestras intervenciones. Esa responsabilidad es, per se, ineludible, ya que concierne una interpretación particular a cada práctica sobre lo que es un ser humano que condicionará las futuras inscripciones de aquellas personas con las que hagamos intersección, estableciendo vínculos terapéuticos.

De esta manera, una, un arteterapeuta, es alguien que confía ciegamente en la capacidad de autoconstrucción de otro ser humano, parta de la situación que parta, tenga las capacidades que tenga. Pero insisto, esto no es simplemente un alegato humanista, es una consideración formal y ética acerca de cómo el arte, entendido desde esta nuestra arteterapia actual, es una prolongación correlativa al hecho de estar vivo aquí y ahora, con toda la contingencia de la persona que deviene objeto y sujeto de su propia creación.

20. SOBRE EL DISFRAZ Y LA PALABRA.
El Arteterapia, como toda terapia bien establecida, puede ayudar a una persona. De eso se trata, no en vano es una terapia. Quizá más adelante la conozcamos con otros nombres más adecuados, de hecho ya se hace. Quizá el corpus teórico vaya derivando a formas más concretas para la denominación del acompañamiento en el establecimiento de procesos terapéuticos bajo un marco referencial determinado. Por ahora digamos, aunque parezca una evidencia que es, potencialmente, una terapia.

Así que, como toda terapia y, en virtud de su propia significación para quien acude a ella, puede curar, puede no servir para nada y puede dañar. Y de hecho, este daño puede venir presentado en formas más sutiles que las terapias habladas. Pensemos que en lo hablado hay mucho de confrontación directa con las palabras (signifiquen lo que signifiquen, subjetivamente), de manera que hay una salida posible para la persona que puede representarse por un corte hablado. La palabra al rescate. La palabra como cobijo, estilete o salida de emergencia.

Pero en Arteterapia no sólo se pone en juego la palabra. De hecho, si hay proceso, nunca sólo la palabra. En paralelo, no como complemento, sino como fin mismo del dispositivo, surgirá una pléyade de representaciones formales plásticas, escritas, en acto performativo, en imagen fotografiada…

Estas representaciones formales que surgen, junto a la palabra, representaciones de un contenido inconsciente que deviene acto artístico en un marco terapéutico, sostienen simbólicamente a la persona. Son el resultado de una arqueología que alumbra un nacimiento. Y quizá sea el único sostén que tiene esa persona, su solidez, su relleno. Así, se puede afirmar que no estamos llamados a generar ninguna epifanía mediante ningún descubrimiento ni traducción de esas representaciones.

¿Qué sucedería si nos quitaran lo más valioso que tenemos? ¿Qué sucedería si, a partir de una mala praxis arteterapéutica, de una interpretación que toca hueso, nos despojaran de nuestra joya oculta? ¿Qué consecuencias tendría, en definitiva, que nos secuestraran nuestro disfraz? Las representaciones, las imágenes, las formas que nos representan en el acto creativo (esos actos atrevidos de sondeo y de arqueología del límite propios) son, simple y llanamente, sagradas. Hay que saber rodearlas, venerarlas, darles su lugar. Es tarea del Arteterapia la custodia del secreto. No se trata de destapar ningún monstruo frente a la luz, sino de ayudarle a cambiar de estancia. Desalojarlo, tal vez, de una habitación para poder vivir en ella o con él.

En todo caso, estamos llamados a ayudar al acto de evolución simbólica contenida de esas contingencias formales que emergen y dar el espacio a la persona que las hospeda para que las interprete, dándoles lugar.

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21. SOBRE EL SILENCIO.
Y en relación al disfraz, el silencio. Como arteterapeutas estamos (o deberíamos estar) en un compromiso táctico, ético y definitivo con el silencio hablado, escrito, performado, de aquellas personas que acuden a buscar nuestro apoyo. El silencio es el último recurso de nuestra resistencia frente a este tecno-capitalismo en el que todo parece tener que ser desvelado, especialmente lo que se sale del orden establecido, sea este el que sea, esté impuesto por quien esté impuesto.

Esperemos a ese Bartleby y su “preferiría no hacerlo”, porque estaremos frente a una declaración de intenciones lícita y orgullosa de estar viva. Acompañémosle y veamos si desea preferir y podemos servirle de alguna ayuda.


 

Imágenes: Eye of silence – Max Ernst, visto aquí ; Study for three heads – Francis Bacon, visto aquí;

Como el Arteterapia es algo más que un cuaderno para colorear, continuamos en esta segunda parte con pequeñas reflexiones en torno a conceptos que creo interesantes en relación a la disciplina. Para ver la primera parte de este artículo, pincha aquí

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11. SOBRE LA TRANSFORMACIÓN.
En ocasiones se habla de la transformación como una de las bases de definición del Arteterapia actual. Atrás quedaron (¿atrás quedaron, seguro?) los días de la laborterapia, en la que la premisa era la mera construcción robótica, el empleo del tiempo en un estar haciendo. Ahora, una nueva Arteterapia lucha por definirse a partir de conceptos como evolución, cambio, metamorfosis o transformación.

Significantes muy amplios y, en ocasiones, tristemente asociados a una cierta idea de bondad que no siempre es en beneficio de la persona. Así que hablamos de transformación, pero ¿la transformación de qué y hacia dónde? Pues, como siempre, habrá diferentes puntos de vista dependiendo de cada profesional (ya ni siquiera hablamos de corrientes teóricas). Podríamos hablar de la búsqueda de un punctum que indique que algo ha sucedido en una serie de repeticiones en la plástica de una producción, por ejemplo. O podríamos hablar de la transformación del ritual de llegada de la persona que acude al espacio arteterapéutico. O de la transformación de la dirección de la mirada durante el acompañamiento (otra manera de llamar al manejo de la contratransferencia, eso que se despierta en la dirección artistante*-profesional). Podriamos hablar de la evolución de las formas, de los materiales o de la elecciones. De la posición en el espacio de la persona mientras crea o del tiempo que emplea en hacer una producción. De las conversaciones. De los temas que remite desde la palabra o desde lo figurativo. Miles de pequeñas transformaciones o ninguna, que también puede pasar.

En definitiva, la transformación es una de las bases de nuestra disciplina como profesionales del Arteterapia, pero como siempre habrá que cuidar de no perseguirla. Como la felicididad, como la relajación, como la sorpresa… como tantas otras cosas. Cuando hablo de “perseguir la transformación” me refiero a, literalmente, forzar la persecución sin respetar el tiempo, la repetición o al propio malestar. Una transformación forzada, además de ser una acción dudosamente ética, será una acción perfectamente elástica, donde la forma volverá a su posición inicial pasado un tiempo. Estaremos de nuevo, en el punto de partida.

12. SOBRE EL MATERIAL.
Ni que decir tiene que el material es el soporte del que están hechos los sucesos ficcionales de lo sucede a nivel simbólico. Esto significa una proyección constante a todos los niveles, forma, densidad, color, textura, calidad… La consideración del material con el que se trabaja viene acompañada de la formulación de una de las cuestiones más características del Arteterapia (una de esas posibilidades durante el acompañamiento que le dan función de diferenciación al Arteterapia con respecto a otras variantes terapéuticas); esto es, la doble función de análisis del material como objeto y como significante, como parte y como todo, como cosa vista y cosa que mira así como los múltiples significados (abiertos) que puede tener en la persona que realiza el proceso.

De esta manera, primará la calidad en aquellos materiales que usemos, quizá es interesante valorarlo como una categoría paralela a la calidad de aquello que ofrecemos como profesionales. Pero también habrá que estar atentos a las posibilidades que otorgan todos los materiales posibles, desde los adquiridos en cualquier sitio (como en un bazar) a los que no son propiamente artísticos (como podrían ser el uso de especias culinarias o cortezas de un árbol). Todo cuenta, porque la vida está hecha de cosas así, materiales que son transformados. Unos más previsibles, otros menos.

Y, por supuesto, cuenta y mucho cómo la persona se acerca a ese otro-objeto que se interpone o media en el espacio de transición de la creación. ¿Cómo es transformado el material? ¿Con cariño, con rabia, con miedo? El material, su disposición, uso y manufactura es una cuestión fundamental en Arteterapia.

13. SOBRE LA MIRADA.nedrum
La mirada como acto físico, inmediato. La mirada como componente de la interpretación necesaria al acompañamiento (no aquella que presupone significados, sino aquella que da un sentido a la marcha).

La mirada profesional en Arteterapia es crucial, ya que su dirección implica la impronta de una devolución, deseada o no, una huella que a su vez repercute en lo que la persona produce (por supuesto, esto no siempre sucede, en ocasiones, por suerte, la persona produce a pesar de nosotros). A diferencia de la terapia por la palabra, en Arteterapia lo puesto en juego es visible, tiene presencia física. Digamos que la dimensión de lo visible teje una sutil telaraña en el espacio arteterapeútico. Es fácil sujetarse, guiarse, pero también el tropiezo, el enredo.

De esta manera, la mirada inaugura una suerte de acto en el que se toca la producción. Es en ese acto performativo de la mirada donde, desde la suya, la persona encuentra la concreción de un contenido psíquico en virtud de los materiales utilizados y es donde, la y el arteterapeuta disponen sus bases para continuar acompañando.

14. SOBRE LA PROPUESTA.
Las propuestas son indicaciones. No podemos obviar el poder coercitivo de cualquier propuesta que salga de nuestra parte como profesionales. Es decir, por mucho que nos empeñemos en no dirigir la sesión, en no obligar a la persona a que haga algo de una manera determinada, tenemos que recordar que -en última instancia- la persona ha venido buscando ayuda o acompañamiento. Así que las propuestas siempre estarán del lado del difícil equilibrio entre el mandato, la sugerencia, el obsequio y la co-creación.

En este sentido, la propuesta puede ser un bombardeo insoportable, por muy aparentemente neutra que sea. A veces proponer demasiado es tan bloqueante como una página en blanco. Ese horror vacui delante del bloqueo, esa ansiedad del precipicio, tiene una dimensión especialmente considerable en Arteterapia y hay que andar con cuidado para no generar una obligación extraordinaria. Frente a la duda, la premisa siempre es la misma: quien manda en su proceso creativo es -exclusivamente- la persona; y eso, en ocasiones, puede incluir no querer hacer nada. Como quien calla. Como quien enmudece. El espacio arteterapéutico es, también, para callar, para no hacer.

La propuesta más valiosa es aquella que surge del acompañamiento durante el movimiento del propio proceso y que, inevitablemente, siempre es a medias con la persona. De lo contrario, se convierte en una especie de guía u hoja de ruta que, en ocasiones, puede ser un acierto, pero en la mayoría lleva al mero cumplimiento de una supuesta obligación impuesta por la presencia de la o el arteterapeuta.

15. SOBRE LA PACIENCIA.
El Arteterapia es un proceso terapéutico fundamentado en la paciencia, esto es, el saber o el poder soportar el paso del tiempo en medio del malestar, en medio del esfuerzo y esquivando el regusto ácido de la imposibilidad del resultado inmediato. El Arteterapia en su sentido más amplio pretende favorecer una reescritura simbólica, un glitch en la narración vital que genera malestar que acabase transformándola. Como una mutación. Con la imprevisibilidad por bandera, un proceso creativo necesita su tiempo, su dosis de deseo y su tránsito por el borde. Y antes de caer en el tópico del paciente como “la persona que acude para iniciar un proceso arteterapéutico que lo quiere todo ya”, planteémonos como profesionales cuánto de esa impaciencia no es sino nuestra cuando esperamos/buscamos/vendemos cambios o mejoras en el malestar de quien nos pide ayuda.

 


 

Nota al pie: *Artistante es una propuesta que encontré en Sara Paín (En sentido figurado, editorial Paidós), un concepto que me parece especialmente útil para designar aquella persona que se encuentra en medio de un proceso arteterapéutico, no es un paciente, no es un analizando, no es un artista, no es un usuario… artistante, podría ser una nueva designación de algo que queda más claro, alguien que está-en-medio-del-arte en el espacio arteterapéutico, un pasaje al acto que deviene al entrar en el dispositivo.

** Imagen: Metamorphosis, Eemyun Kang
*** Imagen: Autorretrato, Odd Nedrum.

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A raíz de la polémica suscitada entre los círculos profesionales de Arteterapia después de que el diario El Periódico decidiese regalar un libro de “Arteterapia” creo interesante dar nuestro punto de vista como profesionales acerca de lo que es y no es Arteterapia. Ni que decir tiene que desde ya podemos afirmar de manera tajante, como la mayoría de colegas de profesión han manifestado, que este libro no es, ni por asomo, Arteterapia. No es más que un libro para colorear. Igual que leer a Coelho no es una terapia psicológica. En ambos casos podrá ser una ayuda para alguien, nadie afirma lo contrario. Pero no será una terapia, ya que, tal y como la entendemos, la terapia, el Arteterapia, es una transacción contingente a cuatro: la persona, el/la arteterapeuta, el proceso creativo particular y el espacio arteterapéutico.

1. SOBRE LA RELAJACIÓN (O LA FELICIDAD).
El arteterapia es un espacio de trabajo en el que alguien busca ayuda y se dispone a realizar un proceso para encontrarla. Eso, muchas veces es lo más alejado de una sensación de bienestar o de relax que podamos encontrar. De hecho, es una de las principales causas de abandono de un proceso terapéutico: por ambas partes, ser capaces de sostener el malestar de lo que puede salir ahí no es tarea fácil. Si el Arteterapia es una terapia como las demás, ¿por qué ese empeño de algunos profesionales en buscar el divertimento, el relax o la desconexión en las personas que realizan un proceso creativo? ¿No sería más útil trabajar con lo que suceda, que tanto puede ser algo relajante como algo incómodo?

Por otro lado, otro de los mitos del Arteterapia es su relación con el bienestar o la felicidad. El arte (especialmente el que surge en un contexto terapéutico) no es per se una actividad placentera. Puede serlo. Pero no lo es, necesariamente. No se puede pretender la felicidad de quien viene a buscar ayuda contra su malestar. ¿Suena mal? ¿Acaso no buscamos eso quienes trabajamos en terapia, la felicidad de las personas? Pues digamos que no, o al menos, no a costa de la subjetividad de nadie. La felicidad muchas veces es una trampa en la que caemos como pacientes o como terapeutas, y su búsqueda, su metódica imposición, puede hacer que las cosas parezcan mejores o peores de lo que podrían ser. Quizá es más interesante encontrar la felicidad por el camino, no buscarla.

2. SOBRE LA INTERPRETACIÓN.
Toda producción en un contexto terapéutico tiene un significado personal y, por tanto, es intransferible. Será la búsqueda de sentido propio lo que se acompaña en Arteterapia, no la interposición de un significado por parte del terapeuta. Esto no es, ni más ni menos, que un acto de autonomía de la persona que acude a terapia. Lo contrario, es una apropiación indebida de los significados de la persona. Por supuesto, habrá corrientes arteterapéuticas que rebatan este punto. Desde mi punto de vista, por mucho que, por ejemplo, el sol pueda ser un símbolo universal de masculinidad, nunca podré conocer cómo se articula ese significado en la narración vital de la persona a la que atiendo. En todo caso, podré asistir a/en un proceso en el que la persona le adjudique un lugar. Son cosas muy diferentes.

3. SOBRE LA EXPOSICIÓN.
Las producciones dentro del espacio arteterapéutico no pueden ser expuestas así como así. Hay un empeño generalizado en hacer exposiciones de Arteterapia como medio de difusión de la disciplina porque, ¿vamos a negarlo? quedan muy bien, hablan de resultados, de superaciones y hay mucho color y mucha expresión y todo eso… Por supuesto, pero habrá que andar con mucho cuidado, y todo deberá ser pactado previamente con las personas que se convierten en dueñas de facto de aquello que producen. De lo contrario, bajo una supuesta actividad de difusión estaríamos reclamando una sucinta actividad de apropiación. Aunque los fines sean loables, no debemos olvidar la lealtad hacia el proceso creativo y, sobre todo, la persona que se convierte en creadora. ¿Alguien imagina una exposición con cartelería que recogiese con nombre y apellidos los comentarios privados de alguien en una terapia hablada? Difícil. ¿Dónde queda la intimidad, la confidencialidad, el cuidado? Entonces, ¿por qué hacerlo con lo construido en el espacio arteterapéutico? Aunque esté más velado -en ocasiones- que lo que se dice, ¿acaso no merece el mismo respeto?
De este modo, un Arteterapia respetuosa pactaría con la persona previamente el uso que se le va a dar a la producción. Esto inaugura dos líneas diferentes de producción, en la mayoría de los casos y, por tanto, la posibilidad de distintos resultados.

4. SOBRE LA DIRECCIÓN (Y EL OBJETIVO).
La persona dirige su proceso. Lo que puede (o debería) parecer una obviedad, no siempre es tan evidente. A veces, comentarios sobre la obra, sobre el proceso, sobre el significado o una insistencia peligrosa en “poner palabras” a lo que se hace, deriva en un -intencionado o no- proceso dirigido que, aunque pueda servir a la persona, no es lo que se persigue en Arteterapia. Aquí, la dirección es la dirección del deseo de la persona, y el Arteterapia, como mucho, puede aspirar a ser una superficie donde se inscribe ese deseo, conteniéndolo o visibilizándolo en alternativas simbólicas.

5. SOBRE LA CAPACIDAD.
El Arteterapia contempla un espacio de creación desde la capacidad de cada persona. No es ningún atrevimiento afirmar que todas las personas -sin excepción- tienen alguna capacidad útil para el concepto de arte que se maneja en Arteterapia. Esto también cuenta con respetar aquellas capacidades que, por la razón que sea, no se desean mostrar en algunos momentos. No siempre se está en la disposición adecuada para crear algo implicado en Arteterapia. En ocasiones habrá silencio o estereotipos creativos. También formarán parte del proceso. Son tan valiosos como la producción implicada e inédita misma.

6. SOBRE LA EDAD.
La edad no importa en Arteterapia. Y no es sólo una frase típica.

7. SOBRE EL RESPETO.
El respeto a la producción, a los materiales, a la persona, al espacio, al proceso, al acompañamiento, a la disciplina. Antes que hablar de otros términos más confusos, como el amor, la fascinación o la falsa idolatría, hablemos del puro, duro y difícil respeto. En Arteterapia, el respeto es la base de la intervención. Por eso, no se interpreta activamente desde la posición del terapeuta, por puro respeto al sujeto que tenemos delante. A su subjetividad. Y, por otro lado, se trabaja desde el respeto por las producciones que se generan y los materiales. El mayor homenaje a nuestra propia persona es el respeto por aquello que construimos con esfuerzo.

8. SOBRE EL PAGO.
Aunque a veces a las instituciones les cuesta entender esto, el Arteterapia es una disciplina tan respetable como cualquier otra. Con el mismo esfuerzo, dedicación y seriedad como para que sea gratificada dentro de una compensación lógica. A día de hoy sigue siendo complicado diferenciar lo artístico-social de lo altruista. Por otra parte, pagar es admitir un intercambio y otorgarle un valor. Porque el Arteterapia no es un libro de pinta y colorea, como decíamos al principio.

9. SOBRE EL TIEMPO.
El tiempo del proceso: un proceso creativo en Arteterapia lleva su tiempo. No es mucho, no es poco. Es su tiempo. Cada persona, cada relación terapéutica se establece de muchas maneras, y a cada una le corresponde un tiempo que se va construyendo durante el proceso.
El tiempo de la sesión: normalmente, una sesión se estipula entre una hora, hora y media o dos horas. Al menos, una vez por semana. Todos los tiempos son variables según la situación de cada persona, por supuesto, pero si hemos de marcar una media más o menos ideal, sería esa, ya que cuenta con una preparación, una inmersión y un cierre de lo que se ha desplegado.

¿Y cuando se acaba una terapia? Cuando merece la pena. Cuando la persona decide. Eso, se sabe.

10. SOBRE SER ARTISTA.
No es necesario ser artista. De hecho, no se pretende que la persona sea artista. Parece haber una gran confusión en la presencia de la palabra ARTE dentro de la definición de Arteterapia. Es como si en una terapia clásica hablada se persiguiera que la persona se convirtiese en oradora, politóloga o presentadora de televisión. Lo que se busca no es ser artista, sino desarrollar un proceso creativo mediante herramientas artísticas. Elegimos el arte como vehículo, no como objetivo final. No hay por qué “sacar al artista que se lleva dentro” como aseguran muchas publicidades de terapias artísticas, igual que no hay por qué sacar al “orador del senado romano” que se lleva dentro para hablar. Si luego la persona desarrolla una ocupación artística al margen del espacio arteterapéutico, siempre será un añadido que puede ser muy terapéutico, por supuesto, pero el objetivo no es crear art brut, ni novísimos artistas urbanos. Ni hacer del pequeño de la familia un artista por un rato para que luego, al volver del espacio terapéutico, se le deniegue esa posibilidad. Mejor llamarle a las cosas por su nombre. Así que nadie debería asustarse por pensar que en Arteterapia se tiene que ser artista, porque no se trata de eso ni mucho menos. Sólo se tiene que tener el deseo de iniciar un proceso con el que comprender el mundo para tener un lugar.


 

Puedes continuar con la segunda parte de este artículo, aquí

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En el verano de 2015 terminó, con tres temporadas, una interesante serie británica que alguien podría calificar de adolescente, pero que, como todas las narraciones bien construidas, encierra mucho más que una simple sobredosis de azúcar, pósters ideales o violencia sin control. En un paradigma visual en el que se pueden encontrar crueles y panópticas bazofias como “Hermano mayor”, producciones como la de My Mad Fat Diary son muy de agradecer.

Porque, en realidad, My Mad Fat Diary (en adelante, MMFD) es todo lo contrario a un producto edulcorado. Es representación formal y ficcional (ojo, nunca diremos que no está basada en estereotipos, no es en absoluto la pretensión de este artículo ni la de la serie) de un conflicto que son todos los conflictos en una cultura occidental para un adolescente, pero también, como veremos, para cualquier adulto. Ah, y aparece el tema de la enfermedad mental, pero sorprendentemente no aparece como alguien que quiere matar a sus amigos con un cuchillo ni realiza actos satánicos. Tampoco es el tema del doble maquiavélico. No es, ni mucho menos la historia de una redención ni la de una reconstrucción vital después de un episodio delirante. No veremos ese tipo de discriminación, negativa o positiva.

Es, afortunadamente, la historia normal y corriente de una adolescente buscando un lugar en el mundo y, como todos sabemos aunque queramos olvidar, eso duele.

1.Retrato de la adolescencia
En MMFD asistimos al retrato/recuerdo de una adolescencia, la de un grupo de chicas y chicos y la de una sociedad a finales de un siglo. Es un pequeño ejercicio arqueológico sobre esos días que no queremos volver a ver, que duran para siempre, que se anclan en una remisión molesta que acaba proyectándose en la discriminación clásica de “etapa pasada”. Rae cae mal en muchos momentos, es indecisa, cruel, egoísta, perezosa, obtusa y ridícula. Porque es humana, joven y está viva. Como nosotros, como lo fuimos, lo somos y lo seremos, pero para eso están ahí los adolescentes: nos recuerdan cuál es la titánica tarea insostenible de la búsqueda de una identidad y voz propias que se lleva a cabo -como se puede- en esos largos años, en una sociedad que atraviesa nuestros cuerpos y que no deja de pedir y acusar.
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2. Enfermedad mental
La enfermedad mental está presente en MMFD como algo más que un problema. De hecho, casi podríamos decir que es una anécdota en el cómputo general de la serie. Es decir, que nadie os venda que se trata de una serie sobre salud mental. Porque eso no es cierto, en absoluto. Si en ocasiones, la sintomatología (esto es, la respuesta más fuera de control y eminentemente lesiva sobre sí misma de Rae a algunos problemas) es un problema será más por las consecuencias que le trae cada una de estas acciones (discriminación, culpa, estatismo, retroceso) a la protagonista, que no porque sean el vórtice alrededor del que orbita la narración. De hecho, en ocasiones, se evidencia que el síntoma, su pasaje al acto, sirvió para algo. Y esto es porque, de alguna manera, era la única opción que Rae pudo desplegar en ciertos momentos.

Así que lo interesante es que, aquí, una conducta lesiva, un síntoma, no es el problema principal, no justifica las acciones del personaje y, sobre todo, no convierte a Rae en un extraño ser de las profundidades que debería ser controlado a toda costa. No es un monstruo incomprensible, no es una condena a largo plazo. Ni tampoco es un ser celestial digno de atención y cuidados. Es un ser humano que se esfuerza en ser valorado en la medida de sus posiblidades, y eso tiene éxito en ocasiones y en otras no.

En MMFD se evidencia que la enfermedad mental no es un estado sino una circunstancia que acontece; o, para hablar con propiedad, la puesta en acto personal, subjetiva e intransferible de una sintomatología lesiva en Rae, no es sino una estrategia más de resolución de conflictos, que no puede ser leída bajo ningún concepto como alejada de su condición actual, de su cotidianeidad y de sus enlaces con el resto de humanos que forman su grupo de referencia. Una consecuencia de la interrelación de su deseo, sus esperanzas, sus fracasos y su entorno, tan lleno de humanos, miradas, palabras y cosas.

Nada de neurotransmisores.

Nada de genética.

Incluso nada de ciencias psi, ya que a lo largo de la historia veremos que la figura de Kestler, el psicólogo, necesita en más ocasiones a Rae que la propia Rae a Kestler. Así que se puede observar la función temporal, ocasional y -en ocasiones más o menos- acertada de la figura del terapeuta. Pero sobre todo, observamos que ni es crucial ni debe ser permanente. Porque la acción en la vida de Rae siempre debería estar en otro lugar. El que pueda ocupar de manera autónoma. El suyo. Ese tan difícil de encontrar. Ese que va a costar construir, sí o sí. Y no hay manera de hacerlo más fácil. Pero se puede hacer menos doloroso.

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3. Discriminación
MMFD es un muestrario de discriminaciones interminable, de la misma manera que lo es cualquier instituto, colegio o ciudad. Y, a pesar de que en ocasiones se acerque al cliché, se ven retratados múltiples arquetipos sociales y sus exclusiones.

Por ser gorda, por ser joven, por tener un diagnóstico. Por mujer. Por demasiado alta. Por demasiado pelirroja. Por hija única. Por ser vieja, por no tener estudios. Por no ser suficientemente hombre. Autodiscriminación, discriminación de los otros, retrodiscriminación, discriminación diferida, discriminación por raza, por aspecto, por comportamiento. Por opción sexual, por edad. Por tus elecciones. Por ser demasiado guapo. Por la ruptura con la norma establecida. Por el lugar, el espacio y el tiempo que ocupas. Por ser otro. Por existir. Discriminación transversal que atraviesa la narración de MMFD y que toma decenas de formas, como la vida misma, que se asume como se asume lo que se puede: echando balones fuera, minando balones dentro, o dejando de existir. O atravesando una cota de dolor suficiente para subir a esa torre y gritar que esto que veo (siento y dolor) es todo mío. Al menos estar seguro de esto en medio del destierro cotidiano.

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4. El cuerpo
La puesta en juego del cuerpo es crucial a lo largo de toda nuestra vida, pero sin duda es en la adolescencia (y en su reverso, la jubilación) cuando el cuerpo toma el protagonismo absoluto en cuanto a la presencia y denominación del sujeto que lo habita. En MMFD, el cuerpo se presenta como un campo de batalla, una baliza que atraviesa y es atravesada por el deseo y que se erige en superficie de descarga: dolor, placer, movimiento, desactivación.

Un cuerpo que estalla y un cuerpo que se silencia.

De nuevo, la adolescencia como metáfora de una vida entera.

5. Evolución y repetición
Asistiremos a las distintas etapas y los dramas más o menos domésticos de Rae y sus amigos, así como a sus resoluciones, pero sobre todo, mucho más importante, asistiremos a sus imposibilidades, a sus repeticiones.

Porque la vida es eso, es entender un problema y volver a caer; es no querer dañar a tus seres queridos y hacerlo una y otra vez, porque al fin y al cabo ellos son tus acompañantes y espectadores, recogen y generan lo recogido. No se puede ser sin el otro, y el otro no puede esperar que no nos equivoquemos, porque al otro también le pasa. Al final, tras la marea, queda el poso de lo erosionado: lo que se puede transportar a otro lugar, aunque la dinámica pueda volver a ser la misma.

Estamos gobernados por la repetición, pero a veces se escapa una esquirla de sentido y lo que ordena la secuencia se manifiesta, saltando del agua turbia. Es el momento de la pesca, que a veces da sus resultados; o simplemente, un respiro.

6. Apoyo social
La salvación de Rae está en su grupo de amigos. Esa es la gran palanca. No es la terapia que lleva a cabo con su psicólogo, no es la medicación, no es el paso del tiempo ni la rectificación cognitiva. No es ninguna falacia psi, ni bio ni homeo ni conciencia de enfermedad, ni tratamiento prolongado, ni toma de conciencia ni nada de nada. Es un lugar en un grupo de iguales completamente diferente. El resumen de una vida, adolescente o no: encontrar un lugar. Y ese lugar, viviendo en el entorno en el que Rae vive, urbano, contemporáneo, occidental, está en ese grupo de amigos, donde lo normal no es la norma, por fortuna para ellos.

Ese es uno de los grandes aciertos de MMFD, presentar la búsqueda de Rae como la única búsqueda posible, aunque nos empeñemos en vestirla de autoayuda y tratamientos involuntarios, aunque nos empeñemos en disculpar y disimular barriendo bajo las mesas con las escobas de las instituciones; el camino inevitable es el que pasa por encontrar un sitio en el mundo, ser-con-otros.

7. Banda sonora
Una banda sonora excepcional para aquellas personas que disfrutaron de la década de los noventa, del rock y el pop comercial. Una llamada a la nostalgia para los que pasamos por allí.

8. El entretenimiento y diversión de un buen folletín. 
Un folletín, una concesión a la emoción más primaria despertada por una narración: la de la ternura en la descripción de los actos, la de los movimientos naturales de un ser humano en un barrio en una casa, en una habitación en busca del sentido inmediato aprehensible de la vida.

9. La claridad 
Una estructura ágil, en consonancia con los temas que trata en ocasiones y en contraste con otros, de manera que la propia estructura narrativa y sus elementos en el montaje permiten poder “descargar” de dramatismo los temas más escabrosos. Tal y como es en la mente adolescente: drama mortal, indiferencia, exaltación corporal y alegría infinitas por momentos. La apariencia de lo no importante en su camino hacia convertirse en el cemento de una vida, de cualquier vida. Un espejo amable donde pararse a reflexionar.

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10. Muy recomendable
Así, Rae y sus amigos despiertan en el espectador empatía, antipatía y simpatía a partes iguales. Excluimos, incluimos y acompañamos sus decisiones como un participante más en su carrera. Juzgamos y somos juzgados. Pero, gracias a la manera en que se cuenta esta historia, no se nos obliga a caer en la compasión ni en la indiferencia.

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Dice Darian Leader en La moda negra que la función del arte -de los procesos creativos, añadiría- no deja de ser la de mostrar construcción después del caos, la de ejemplificar para el espectador cómo se puede crear algo partiendo del dolor, de la falta; de la ausencia de los objetos, los lugares y del otro. Angustia (Editorial Origami, 2014), del escritor zamorano José Ángel Barrueco (1972) es un ejemplo que ilustra a la perfección la hipótesis de Leader.

Angustia es una narración, un relato subjetivo que contiene la secuencia mental, espacial y temporal de unos hechos, el diagnóstico de cáncer de una madre y su fallecimiento. El archivo de unas horas, pensamientos y lugares, entramado de coordenadas vitales, por los que se va moviendo un hijo, un hombre, que intenta comprender. Un hombre que busca y, con lo que encuentra, construye.

Angustia es una abstracción que en su conjunto deviene cartografía que finalmente toma una forma plástica: el mapa trazado desde el conocimiento de la noticia del diagnóstico hasta hoy. Un mapa que continúa porque produce un efecto de semilla en quien lo lee, inevitablemente, produciendo una cierta disposición del propio cuerpo a participar en esta historia, con sus protagonistas, con la dinámica de sus relaciones. Y el lector como espectador-experimentador atravesado: desde la visión remarcablemente honesta de aquel que narra, hasta la figura luminosa, tan real como fílmica -literaria-, de la madre.

Angustia es el hilo de plata trazado por una serie de viajes donde lo significantes tililan en su hueco vacío -tumbas, citas sobre la muerte, la enfermedad, la vida por encima de nosotros- y donde se intenta cazar los significados que se encuentran en esas palabras, rizomas también que se unen y a la vez dan a luz a este relato. Y la pregunta, ¿cómo lo hicieron ellos, ellas (Bernhard, Sontag…) para soportarlo?

Angustia es un órdago a la posteridad; el establecimiento de un dispositivo ficcional, tierra labrada a la conversión en personaje -y su eternidad- de una persona que transitó por el mundo real, una forma de perdurar en todos los mundos posibles. Un fantástico ejercicio de inmortalidad como sólo puede lograr la literatura, desde el enunciado y la ausencia inherente a toda palabra dicha, toda representación.

Angustia es una reflexión sobre la distancia, el amor, la culpa, la fuerza, el síntoma, el malestar, la alegría, el humor, la vida y la muerte. Un muestrario de posibilidad frente al vacío, alternativas dibujadas sobre el vértigo. Una aseveración sobre el valor fundacional de la palabra, sobre su función absoluta de lugar y cuerpo.

Angustia es un libro necesario que concierne a cualquiera. Es un regalo que viene del dolor y que conduce hacia el futuro. Y el futuro es ese lugar en el que seguimos estando, allí se habita en el continuo. Allí, uno siempre se encuentra.

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Blog de José Ángel Barrueco