Breves notas sobre: Arirang (2011), de Kim Ki Duk.

1.Si dejaste de ver Arirang sin llegar hasta el final, no sigas leyendo. No hablaremos en el mismo código. No importa, él ya contaba con esto. A veces enfocar sobre uno mismo puede molestar a una parte de los que te miran. Eso ya se sabe cuando se hace algo como esta película.Captura de pantalla 2013-04-06 a las 19.08.05

2.Película, que no documental. Arirang es una creación particular, una narración inventada, situada por encima de los propios pasos de quien no puede vivir la vida de otra manera más que narrándola. De aquel que agarra a su personaje por el cuello y le cuestiona su propia sangre. Un parto de invenciones, una cabaña sagrada repleta de maneras de hacer café. Infusión. Perfusión. Ósmosis.

3. No necesitas saber la historia de la canción Arirang para entender qué significa ver a Kim Ki Duk llorándola. No necesitas saber quién muere en esta película, porque lo sabes de sobra. No necesitamos saber quién llama a la puerta, porque no podríamos nunca abrir. Nunca se puede. De hecho, la vida se basa en no poder acudir a esa llamada, bajo ningún pretexto. Sólo se puede pretender su eco y su repetición.

4. La cabaña está plagada de pequeñas invenciones que no son nada, sólo infusores de café. Sólo sitúan al personaje al borde de ese agujero negro que es el abismo líquido del cotidiano. Atrapado en la nieve, el dálmata del café que se derrama en tu estómago, nieve por dentro, nieve por fuera. ¿Qué pasa a través de tus poros, Kim Ki Duk? ¿Qué está atravesando este soliloquio, anidándonte en esta especie de limbo del artista? ¿A qué sabe?

5. La electricidad es omnipotente. Nuestro director sabe que no puede vivir sin ella. Es un hijo de la electricidad, como todos nosotros, como los que leéis estas líneas. Como los que aman el cine, los que fabrican a través de él, interpelando la retina con las imágenes que, obra y magia de la electricidad, impregnan lo real de escarceos amorosos con el multiverso de lo posible. Así que esa es tu trampa, KKD, tener una llave que abra la puerta por la que se puede escapar, un portal electrónico. La separación con el personaje es efectiva, gracias a la electricidad.

Captura de pantalla 2013-04-06 a las 19.08.30

6. El triple diálogo, en la dote del fuego, seudónimo eléctrico en este caso. Aportando un espejo, el personaje se desdobla, se triplica, se habita a partir del deseo de comprender y de la necesidad de la explosión controlada. Nuestro Hulk coreano nunca acaba de nacer, si así fuera, no necesitaría estar construyendo esta celda de cristal. Parece que, si estamos viendo la consecución fílmica, la pelea acaba bien. Aunque habrá muertos, serán de los malos. Lo terrible es otra cosa, no lo que se está mostrando.

7. Lo que se oculta es lo terrible. Está en cada silencio de esa habitación y no puede matarse, por eso no se muestra. Uno puede hacer el camino simbólico hacia donde se encuentra aquello que hay que eliminar, uno puede escapar con estallidos, pero en la cohabitación con el silencio está aquello terrible de veras. A golpes sobre la puerta, detrás de nosotros o en la oscuridad de esa carretera que puede oír a tu personaje gritando la canción de guerra en sordina, ahí se oculta. Fuera de las posibilidades artísticas, fuera del film, del guión. Fuera, siempre está tan fuera que está demasiado adentro. Valga la paradoja y el tópico, esta repetición siempre lleva un lastre de verdad.

8. Arirang es una película sobre la culpa y la necesidad de entender. La filmografia entera de Kim Ki Duk lo es. Esa piedra que algunas culturas prefieren cuestionar, entender, y otras, simplemente depositar sobre un otro. Esa piedra que se puede llevar, inevitable, que una vez respetada y expiada se puede cargar a los lomos de un personaje, cargar en una pistola artesanal. Disparar hacia el cristal de la noche.

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9. Para finalmente entender, ver lo que sucede cuando se observa al personaje que es uno mismo. En el llanto de Kim Ki Duk vemos la liberación por la simbolización que proporciona el arte. La experiencia de narrar, de metanarrar para coger desprevenido al propio rastro de lo desconocido incognoscible. Ese saber, dicen, que no se sabe. Pero se intuye bajo la piel del disfraz. Al menos, su peso y, por ende, su liberación.

10. Supongamos que Arirang es, como muchos dicen, un fraude. Una masturbación megalómana de su director. Supongamos que Kim Ki Duk no es ese hombre que parece no saber vivir fuera de la narrativa que crea y le devora, que ha de narrar sobre la propia narración, en un metaejercicio de capas que ejerce de separador simbólico en un aplastamiento de corazón a causa de la culpa. Lo dicho, seamos un minúsculo diablo criticón (que se siente permanentemente insultado por lo que no entiende) y privemos a esta película de su verdad oculta. Atrevámonos a dar la razón a los que la consideran una apabullante tomadura de pelo. Y aún haciéndolo, aún así, habría valido la pena. Porque la narración es esto, la acción de sembrar y lo que germina, una posibilidad que se multiplica en la mente del otro, sea la intención del autor que sea. Qué importa de dónde partió, si puede llegar a conmover nuestro propio lecho de lodo, aguas y barro. Qué importa si no fuese real, si fuese un fraude. Si su llanto no fuera cierto. Sinceramente, no nos importa. Porque quedó ahí.

Captura de pantalla 2013-04-06 a las 19.09.05

Y crece.

 

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