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La masa roja. La masa blanca. La masa negra. La masa gris de la noche que es la madre de los engendros y las partículas indivisibles. La masa y los flecos que son las tibias y pies –calcetines tejido posthumano- que conforman el núcleo de un solo ser con múltiples cabezas y cada una de ellas alimentándose a raíz de su propio estar aquí, ahora, no alumbrando sino punzando el instante con sus deliciosos estiletes, a paso de hidra y sed de condenados. La necesidad, abierta de piernas en hilera de dientes del mastodonte. Tres multitudes, la de las sombras, la de la luz y la de ese pastiche intermedio que es lo humano, escondite de la muerte y el fuego.

Alguien que señala es el espectador. Y como tal, no tiene derecho a la muerte, porque es un ser-en-mirada y lo que mira no puede desaparecer. No hay posteridad más allá del dedo que señala. Pero los demás, los espectadores que portan las cabezas de los fuegos ancestrales, esos, están llamados a morir ahora, ya lo hicieron mientras encendían los universos mínimos aquí, por las enmiendas de lo que se muestra. Por no desfallecer.

Rasgar el lienzo con el instante rojo de la luz. Con una sonrisa invertida que salpica el rostro de quien mira. Abrir el estómago de la ballena. De la masa blanca al exterior, la papilla humana golpea con la luz.

Mirar durante siglos y no haber visto nada, encontrar un pozo límite, una desgraciada suerte. Ver pasar a los muertos por el túnel del agujero de gusano en que se convierte cada mañana ese pedazo de ciudad. Se repite hasta la saciedad, hasta decir basta.

Cortar ese dedo espectador para volver a comenzar. Comérselo. Regurgitar y dar de comer a los cachorros.

Trazar a tientas el próximo paso de la evolución.

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Two comedians (1965), de Edward Hopper.

Un mago te lleva hacia un pasillo en el interior del teatro de carne, el hogar de lo estimado. La hora correcta. Tras días de oscuridad, el maestro corre la cortina, te empuja y desaparece.

En claroscuro, el ojo límite encuentra el resumen de toda una vida que busca el corredor de un aplauso, la aerodinámica de las formas en el encuentro con lo posible que ya ha corrido por nuestra cuenta, parece decir.

Escapar de la multiplicidad del allá afuera, siempre tan presente. Hoy está aquí el vástago crecido del ser. El público también está, es evidente, lo vemos en los ojos azules que son su cuerpo, mostrado hacia, encarado para. Vector de un mol de partículas de la entera humanidad. El decorado, la evolución de las especies. La materia, la luz y el tejido social. El azul, fondo de absorción, maelstrom de la profundidad de lo siniestro.

Más allá. Fuera, frente a. Suficiente.

La ausencia se prepara, como consecuencia, no como emisaria. Residuo y no contenido. Resma, que traza lo siguiente, que ha de venir. Parar las luces, algo que queda y algo que se va.

La ausencia está en el eco que se respira si nada se mueve. La presencia está en el eco, también. Una vida entera para reconocer que todo forma parte del mismo caos.

Hopper dice,

tragad la luz, comediados
que la única imagen para llevar
la presencia y su némesis
científicos o duendes aquí mi regalo
gracias a todos gracias a todos nos vamos gracias a todos
por su mirada

gracias por su atención

Textura: Edward Hopper

Música: The White Birch