2 pensamientos en “Sobre enfermedad mental y estigma (I): el profesional asistencial

  1. Dani

    ¡Hola!

    Me parece muy interesante tu reflexión ya que a la vez me ha hecho reflexionar a mí. Entonces he pensado en un comentario para tu texto. He pensado que también sería interesante reflexionar un poco sobre los orígenes del estigma.

    Como bien planteas es ardua tarea alejarse del estigma en salud mental en cualquiera de los grupos sociales que expones. Y creo que es una empresa difícil porque es la propia sociedad quien, en un primer momento, marcó una diferencia existencial entre los enfermos mentales y las personas “normales”. Construyó y categorizo a la enfermedad mental como la extensión terrenal de aquellos seres demoníacos que la religión se encargó de presentar como la peor de las amenazas para los seres carnales. Y así, durante siglos, se ha estigmatizado como una amenaza para la sociedad a quien perdía su “sano juicio”. Torturas físicas y psicológicas acompañaron a este colectivo hasta la mitad del siglo XX.

    Actualmente, las cosas parece que han cambiado pero siempre mirando de reojo qué es lo que la institución de la moral piensa sobre este tema. De alguna manera hemos pasado de demonizar al enfermo mental a verlo como alguien que necesita la caridad y compasión humana para poderse erguir como ser integrado. En este sentido, parece que la percepción de lo que necesita el enfermo ya no es la tortura ni la denigración sino la compasión.

    Quizás se haya desplazado el foco de la intervención de la sociedad hacia al colectivo, pasando de la denigración a la compasión. Pero lo que aún queda latente es, a mi entender, el concebir al enfermo mental como incapacitado y anormal. Es una constante que hasta ahora parece atemporal.

    La reacción moderna de la sociedad del siglo XX y XXI (la compasión), respecto al enfermo mental y por extensión a cualquier colectivo que la historia de la humanidad haya relegado al puesto más bajo de la consideración, es la discriminación positiva. Detrás de este tipo de discriminación emergen, como muy bien cuentas, creencias del tipo “yo soy el fuerte, el que tiene el poder, el que te va a salvar”. La consecuencia de este tipo de esquema mental es que no te estás colocando en una posición de ayuda prosocial (te ayudaré en función de lo que necesites).

    El problema es que este tipo de ayuda requiere un importante esfuerzo cognitivo por parte del terapeuta porque es una idea que aún va contracorriente. Y digo que es un esfuerzo importante porqué requiere dejar de concebir al enfermo mental como alguien incapaz de tomar el rumbo de su propia vida, y por extensión, de sus propias decisiones.
    Un enfermo mental, como todo el mundo, necesita a otras personas, necesita a la sociedad. Y la necesita para que le acompañe en su proceso de construcción vital. Necesita a alguien que le ayude a comprender las instrucciones no a alguien que se las redacte y se las imponga.

    Quizás una buena manera de empezar podría ser creernos que nuestra principal función podría ser la de acompañarles a descubrir quienes pueden llegar a ser después de la enfermedad y no tanto en redactarles la receta y empujarlos a que la sigan al pie de la letra.

    ¡Un saludo!

    Dani

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    1. Marco Antonio Raya Autor de la entrada

      Hola, Dani. Antes de nada bienvenido y muchísimas gracias por comentar.

      Tal y como comentas, la instauración del estigma no es sólo un hecho actual ni, mucho menos, de un único responsable (como los medios de comunicación, etc.). La idea de reflexionar en esta serie de capítulos acerca del estigma es, precisamente, esa, la de entender qué función cumple más allá de lo justa o injusta que sea la consecuencia y, sobre todo, qué papeles se juegan y si se pueden “pulir” por así decirlo. En este sentido, la generación (tal y como Foucault y tantos otros han podido elaborar de manera diáfana) del estigma cumple la función de separar al otro de mí, para que el sujeto se constituya como un no-soy-tú. En cierto modo, el mecanismo no deja de ser necesario y es universal, en cierto modo inevitable. Lo que sí podrá ser inevitable, en todo caso, es la minimización del daño en todo no-soy-tú que podamos poner en marcha para nuestra diferenciación como individuos.

      Estoy completamente de acuerdo en la consideración de la intervención de lo moral y sus consecuencias posteriores. En esa cara anversa del estigma, ese lavado práctico pero éticamente dudoso que es la discriminación positiva. Y de acuerdo en la necesidad de ese acompañamiento desde el ámbito profesional. Porque lo que está claro es que la persona pide un apoyo y el compromismo que el profesional eligió para su desempeño es, precisamente, ese. Así, ayudar a la construcción quizá se trata de ayudar a encontrar un lugar para el desarrollo del sujeto. Es por eso que menciono la escucha, ya que el lugar de escucha no es sólo el de oír, sino el de permitir la circulación de lo que quiera que salga de esa persona dentro del marco de la intervención y el vínculo establecido.

      Y eso, como bien mencionas, es un enorme esfuerzo por parte del profesional para no dejarse llevar por siglos de rechazo o de seducción (para no caer en la culpabilización o en la erotización del síntoma).

      Muchas gracias de nuevo por continuar la reflexión. Un saludo.

      Marco.

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