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1. Aceldama: el discurso del cemento.

Aceldama es la nueva novela pergeñada por el destructor constructivo Francisco Jota-Pérez, una suerte de muestrario de la ciudad atravesada por aquello que la forma: lo natural urbano; esto es, terrorífico vacío, la compresión yoica a través del trabajo y la ablución vectorial por el amor.

¿Qué ocurre en Aceldama? Un sucederá bastante verosímil. Imaginemos una ciudad -Barcelona, por ejemplo-. Escuchemos de otra manera lo que nos dicen sus barrios, sus casas, los entramados de la urbe que se ve y los fantasmas de la ciudad que permanecen en una dimensión donde el tiempo es la calidad que los contiene, no la que los atraviesa. Todos recibimos el influjo de la ciudad y la influimos en su devenir, pero no solemos tener claro cuánto de lo que sucede en cada instante puede estar provocado por y sobre nosotros. Aquí, en Aceldama, los personajes pueblan y sufren, se encuentran en infusión continua, vadeando entre el sistema, la carne y la máquina. Boqueando frente a la producción mientras buscan un lugar en el discurso y ansían algo que no conocen. Es decir, nos suena familiar. Ya nos está sucediendo. Lo vivimos en nuestras carnes en eterno retorno y aún no nos hemos enterado.

Quizá lo que sucede en Aceldama es que ahora la polaridad de la ciudad presente y la ciudad oculta es aún mayor, que el futuro nos trae un endurecimiento de la brecha en la que hay que posicionarse, a no ser que se encuentre uno cómodo en el precipicio (que, como veremos en la novela, también sucede en algunos personajes). Pero, como todo hachazo en el continuo de los pareceres, se permite -se obliga- el movimiento en uno u otro sentido: el suelo que se quiebra a los pies y desaparece es puro acero coercitivo que fuerza a elegir cuál es la posición de cada uno.

Y como resultado a tanta presión en medio de tanto flujo, en Aceldama hay magia, porque hay un estremecimiento de lo oculto cuando es visitado y el oculto siempre devuelve un poder, un +10 de posibilidades en el acto de su interacción. Por tanto, hay una propuesta de intervención para el lector, una sugerencia -relativamente- sangrienta hacia el conocimiento de nuestro inmediato y la apuesta por una trascender que más allá del gadget, más allá de la música vacía del karaoke. Dicho de otra manera, el órdago pasa por incorporar activamente una intencionalidad en la acción y en el discurso, un armamento ficcional que termine modificando las conexiones cerebrales y perceptivas. Un hacerse cargo del fantasma de la máquina cuando el fantasma somos, por fin, nosotros, nosotras, nuestros cuerpos fuera del paradigma.

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2. Alambres: la espina en la caja sagrada de la garganta.

Alambres es un nuevo y fabuloso poemario de Lola Nieto, un cajón de hueso con acabados en acero, herrumbre y, sobre todo, una pátina de familiaridad que podría emanar del lugar común -pero inédito- de esa membrana fina de carne que es el recuerdo.

En “Alambres” se apaga la luz y usted se ve en la obligación de introducir la mano a ciegas en una caja que contiene pequeños trozos de vida pasada, retazos de un intestino vital que, por supuesto, en su calidad metálica, son susceptibles de producir, sugerir y señalar agujeros en la epidermis del poema, que es la piel, que es el tacto. Hay, por tanto, una apertura a esa puerta del sótano, de la buhardilla, el ojo de la cerradura. El acto de compulsión hacia el recuerdo y la reconstructiva suerte de la pronunciación a través de la palabra. Un desfiladero.

De manera que pincha, agrede y reconforta. Nos encontramos pues frente a retazos de una introspección que nos ayuda a situarnos en la consciencia de la autora que se ha convertido en personaje, acompañados de unas palabras que, a mayor cercanía, tanto más nos extrañan. El uso de los diminutivos pasa por ser una invitación de Perséfone a morar en lo desconocido/conocido inevitable a la persona lectora: hombres que se pueden ver traspasados por la inmediatez del cuerpo en cada palabra y mujeres que se pueden sentir rozadas sutilmente en la apreciación del cuerpo como una voz.

“Alambres” es un mordisco breve e intenso del tiempo.

 

3. Lo interior, lo exterior y el deseo.

Al fin y al cabo, los cuerpos, como las ciudades, no son sino formaciones presentes en carne y hueso con un viento de fantasmas que circulan entre sus oquedades. Corredores fantasmas no gregarios como los de Aceldama, agujeros que obturan el vacío como los que procura Alambres.

Más información de Aceldama en la página web de la Editorial Origami y la página de su autor, Francisco Jota-Pérez

Más información de Alambres en la página web de Ediciones Kriller71

1354203731_731100_1354203838_noticia_normalImagen: El Roto ©

Empiezo por una conclusión: el estigma da dinero. Una campaña da dinero. Una campaña contra el estigma en salud mental desarrollada por una compañía farmacéutica que vende “pastillas contra el estigma” ha de ser, forzosamente, una fabulosa trampa cuyo fin es ese: dinero. Dinero, dinero, dinero. Qué cosas, normalmente en esto del estigma en salud mental, no se suele hablar del dinero. ¿No era una cuestión ética y moral? También, claro. Es más, hablaremos sobre todo de las implicaciones éticas (dejemos a la moral para los expertos, que ahora salen como setas especialmente en este país) de ganar mucho dinerito a partir de la enfermedad de los otros.

Hace unas semanas pude ver en el metro de Barcelona una campaña “contra el estigma” basada en la dudosa pretensión de eliminar la discriminación contradiciendo los prejuicios con una imagen clásica de felicidad que, según los patrocinadores debe significar “esta imagen te demuestra que tu prejuicio es falso”. Debo decir que por fortuna, fue mi trabajo como terapeuta ocupacional quien me enseñó que el prejuicio en salud mental -como todos los prejuicios- es, en su mayor parte, falso. Digo en su mayor parte, porque las personas diagnosticadas, igual que cualquier otra persona, también pueden ser asociales, impredecibles y no poder trabajar por diversas circunstancias. De hecho, eso es ser un ser humano, algo que hasta un directivo de Janssen sabe. Ni que decir tiene que lo que de falso tiene un prejuicio es su condición de absoluto, pero también está basado en concepciones comunes a todos los mortales.

De manera que estoy en el andén, mirando la imagen y el mensaje, y lo primero que pensé es “mira qué bien”, una campaña de salud mental en el metro, con una visibilidad bastante novedosa (los carteles son enormes). Aquí hay alguien que está colocando dinero en una campaña potente. Y en pocos segundos, mirando bien el cartel, el pensamiento fue “hay algo que no me cuadra”.

Es entonces cuando veo, suficientemente integrado en el centro de la imagen, el patrocinador de la campaña, Janssen. Y claro, Janssen vende medicación psiquiátrica. “Vaya”, pienso, “ya me lo temía yo”. Y como soy de natural desconfiado -paranoide dirían los manuales de diagnóstico-, pensé en mirar la web de la campaña.

Con respecto a los contenidos de esa página, no entraré en muchos detalles, ya que el objetivo de este post es, precisamente, comunicar el genial análisis que ya han hecho dos profesionales de la salud mental (el psicólogo clínico Mikel Valverde y el psiquiatra José A. Inchauspe) y que, sin duda, tienen muchos más datos para avalar qué se esconde bajo la apariencia de esta campaña contra el estigma en salud mental. Lo podéis encontrar aquí. De manera que no comentaré nada acerca del terrible sesgo que se hace acerca de la información sobre la enfermedad, sobre la castración del autogobierno de las personas que están diagnosticadas, sobre las palabras clave (por ejemplo, cuando se habla de drogas, siempre se antepone “ilícita”, es decir, si la ley las aceptara, ¡no generarían ningún perjuicio!) que se clavan como espuelas y, en definitiva, sobre un uso -una vez más- de las imágenes y las palabras como una doble estrategia económica y discriminatoria. Como ejemplo, un botón, extraido literalmente de la sección “Vivir con esquizofrenia hoy día”:

En el pasado, la visión sobre la esquizofrenia era muy limitada y se consideraba que las personas estaban incapacitadas cuando padecían la enfermedad.
La perspectiva ha cambiado porque se sabe que la mayoría de los pacientes hoy en día pueden llevar una vida relativamente normal siempre que cumplan bien la medicación y lleven hábitos de vida saludables.

Que es más o menos como decir “los pacientes pueden llevar una vida relativamente normal siempre que cumplan bien la medicación (lícita) que vendemos y lleven hábitos de vida saludables (los que nosotros digamos que son saludables), sean muy felices y no molesten mucho, no sea que tengamos que aumentar las dosis o plantear el centenar de recomendaciones mucho más útiles -que no se quedan en hábitos y pastillas- en las que perderíamos dinero y fiabilidad en el control de contingencias“.

Al final, es lo de siempre, palabras cliché, soluciones que pasan por el consumo de productos que el propio sistema que diagnostica vende, desresponsabilizar a las personas de sus propias vidas o hacerlo en función de unas normas creadas por el mercado y la falsa moral… Y si no es así, ¿por qué no salen todas las demás alternativas? ¿Por qué no se habla de la capacidad de muchas personas diagnosticadas de desarrollar una vida mejor mediante la normalización de sus vidas? ¿Por qué se pasa de puntillas por las psicoterapias? ¿Por qué se acaba siempre considerando a la persona diagnosticada como un enfermo pasivo, crónico y disruptivo? Porque es así, dirán algunos. Por dinero y por poder, diremos otros. Porque está en la base del estigma moderno, generado hace siglos y mantenido por el sistema, al igual que en otros casos de discriminación.

Por aclarar, quiero exponer que no estoy en contra de la medicación. Al menos no de manera taxativa y absoluta. En todo caso sí estoy en contra de que la medicación y el diagnóstico apresurado sean la primera elección terapéutica.

En mi trabajo he podido entender la necesidad de uso de la medicación como medida de contención. Como el antiinflamatorio, el antiácido, el retroviral. Pero se trata de eso, de una contención, y como tal, puede durar de por vida, pero también puede ser accesoria, intermitente o ser utilizada según necesidad: dependiendo de cada persona, de su evolución, de sus preferencias, de sus posibilidades. Como el antiinflamatorio, el antiácido y el retroviral. Porque el fármaco contiene, facilita o minimiza, pero no tiene ningún virus que matar, ningún ácido que neutralizar. Disminuye o facilita el flujo de los neurotransmisores. Por eso no puede ser lo único presente en el sistema actual, lo único por lo que destina la mayor parte de la dotación económica el sistema sanitario que lo administra, el social que lo demanda y el político que lo sostiene. El monotema, el monotratamiento. La medicación nunca soluciona el problema, sólo facilita o entorpece la búsqueda real de las soluciones.

Sigue sin tener sentido un mundo en el que la persona no tiene claro por qué su psiquiatra receta tal o cual medicación, de tal o cual laboratorio. O por qué cuando una persona diagnosticada va a una entrevista de trabajo acaba haciendo una confesión de vida. O por qué es normal estar triste cuando ha muerto alguien querido y quizá no tienes nada donde agarrarte (que los neurotransmisores no se alteran así, por arte de magia). O por qué en la diagnosis temprana no se tienen en cuenta las repercusiones vitales en un niño o adolescente que está descubriendo que es eso del mundo y las tan penosamente reutilizadas “conductas”. O por qué no hay mecanismos reales de verificación y control de calidad profesional y programas de intervención en el ámbito de la salud mental. Pero de eso hablaremos en otra ocasión.

Por último, tampoco estoy en contra de este tipo de campañas. En salud mental seguimos en una fase de “mejor esto que nada”. La visibilización siempre es importante, sobre todo si el que la sufre siente algún alivio al verse reflejado en otra posibilidad de imagen pública. Sin embargo, será mucho más sano para todos que estas campañas partan de patrocinadores más saludables que una farmacéutica que elimina toda ética de su funcionamiento social y económico (la paradoja eterna del “tercer sector” y la salud). Porque hay una cuestión de fondo que podría ser bastante aterradora… ¿quién es el público de esta campaña? ¿A quién va dirigida y con qué mensaje? Parece decir, “Janssen tiene la solución para el descontrol, es nuestra medicación la que os salvará a ambos de la enfermedad mental”. ¿Parece exagerado? Lo exagerado, lo vergonzoso, es manipular la información para dar un doble golpe económico y social. Una nueva plaga que no todo el mundo conoce, pero que es milenaria y está de nuevo de moda, con esmóquin nuevo: la del marketing de caridad. La felicidad en un refresco de cola.

Afortunadamente, hay voces críticas como las del artículo enlazado, además de iniciativas como Saltando Muros, Postpsiquiatría o Primera Vocal (que ya trató esta campaña en este post de manera magistral) que permiten contrastar con datos concretos, con experiencias de primera mano y buenos argumentos la opinión de las empresas farmacéuticas y de algunos profesionales que las avalan -estos últimos bajo patrocinio monetario generoso, se entiende-.

Ahí estaremos, para escucharlas y comunicar las palabras, gratuitas, que nos regalan. Algo que a Janssen nunca se le ocurriría.

El camino que mitifica la huida también representa el regreso. El camino atrapa como a moscas a los nudos de toda una existencia, perlando aquello que envuelve: piedras bajo el manto. Orografía de significados.

El camino, su pauta, parece relegar la elección a unas posibilidades sobre el terreno que comprenden los límites, los márgenes, la dirección que se prolonga más allá del paso inmediato. Esa senda en que el sujeto procede a suceder, es el conjunto de las zonas que comprenden la acción: su exterioridad y el contenido de su interior, los límites dibujados y todo aquello que se sabe y acompaña pero no puede ser simultáneo.

Pero de quien camina es el derecho a detenerse y habitar cualquiera de estas zonas. Decidir desde el silencio es el patrimonio incuestionable del individuo que transita. Camino técnico, antroponatural, a fuerza de civilización considerado referencia para los diferentes puntos a los que se ha de dirigir, a los que se llega: la metáfora del control del sí mismo en el desplazamiento, caminar para no estar muerto, caminar porque no se está muerto. De manera que, en la ruptura del vector de la senda que está indicada per se, aparece la contingencia de la decisión y la estupefacción de la metamorfosis. En la clarividencia de la similitud del claroscuro de las zonas que se perciben está la calma. La paz. Sometidas ahora a la fuerza de quien se nombra transeúnte y ejecuta sus acciones. Todas son posibles.

Hay que nombrar a los personajes del camino. Hay que narrarlos y decidir que serán narrados. Hay que volver a pensar en que el único límite distinguible siempre está atrás, disfrazado de marca, desnudo como el fantasma que es entre los cuerpos de los descartes infinitos.

Por delante el camino es otro, el otro, es legión. Es un abismo que ha de ser.

Aquí está, ya, el camino.

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(c) de la música: Max Richter

(c) de la imagen: Hollis Brown Thornton

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El niño crea con sus manos un universo inalcanzable para el adulto, demasiado cercano, demasiado oscuro. Demasiado poético. Por eso el gigante convierte a los niños en su propiedad, huyendo hacia dentro: desde el miedo desmesurado al recuerdo de lo que fueron aquellas horas, aquel viaje atemporal en que el peso de la atmósfera descargaba sobre los materiales.

La necesidad de control, de cosificación del niño, responde a la urgencia de estabilización de una mente -la adulta- generalmente aterrada por el vacío de la creación. El gigante está instaurado en un bisturí disfrazado de confort, consorte de la repetición, la inmovilidad y el desgarro del aburrimiento.

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Para los niños, jugar es una razón de ser. La imposibilidad de jugar en el principio, como dioses, creando desde el vacío, alumbra un futuro terrible. La imposibilidad de continuar el juego después, cuando crecen los huesos, los órganos y la queja, augura un futuro asumible, pero desgraciado. Un continuar sin narración, sin la posibilidad de desencadenamiento autónomo del propio acontecer.

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El acto creativo propio -no sólo su observación- construye la posibilidad de una nueva instancia de renuncia y una nueva exposición a las perturbaciones. Una rama más. Un fractal. El establecimiento de conexiones con el entorno y con el entramado interno. Jugar, crear: un nuevo grano de arena, o una tonelada, en el pozo. Ese pozo que devora su propia luz desde el principio de los tiempos.

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Acompañar a la sombra. Cuando jugar no daba miedo. Jugar, los niños lo saben, siempre es una cuestión de contrarios que se aman tanto como mayor es su odio. Es pura dinámica en la que las cosas suceden.

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Y ahí está la presencia. Más allá del deseo particular, la mirada del otro aparece como la posibilidad del eco desconocido.

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El proceso genuino de creación artística es la honrosa continuación del juego del niño. Es el placer del control, la sorpresa y el movimiento. Es ejercer la narrativa propia como elección descriptiva y perceptual, activando un proceso de descubrimiento que requerirá esfuerzo, sufrimiento y energía, como todo lo que importa realmente.

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El miedo a lo impredecible es una enfermedad que viene con la madurez, el reverso podrido de la investigación creadora. Ese miedo es el precio que hay que pagar por eludir ingenuamente al caos, convirtiéndonos en el cordero que ya somos. Sin embargo, en el juego del niño el desorden es abrazado dentro de la regla, es la aceptación incondicional de la esencia humana: la reconversión permanente del error. La introducción sagaz del imprevisto, su doma y asimilación.

No va mal, de vez en cuando, recordar cuánto de bello y siniestro hay en el juego infantil. Cómo se alimenta de verdad propia, quizá la única que puede recibir ese nombre en medio de la relatividad inherente a la realidad. Y recordar porqué tenemos miedo de los niños. Qué será lo que nos hacen recordar. Qué lección nos están dando.

Fotografías de Mind Game, de Julie Blackmon. Página oficial aquí

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1. Lo que sucede cuando la realidad se suspende es materia de deseo.

2. El deseo mismo, por tanto, habita en la piel de la suspensión de la incredulidad, lo forma, lo atraviesa. Lo imprime de movimiento. Hacer de la realidad algo incrédulo es la intención no siempre manifiesta del espectáculo, ya que si la presencia del objetivo fuese evidente, eclipsaría eso que llamamos magia, la sangre del artefacto. El efecto de entrever el funcionamiento del deseo resulta cemento en campo de algas.

3. Stone Junction (o en su edición anterior en castellano “Introitus Lapidus”) es la instrucción, el manuscrito, de un viaje acompañado que se actualiza en la presencia del lector, cobra vida y serpentea. La presencia de Dodge se hace manifiesta (lo que suele ser un error de escritor omnipresente, en este caso es un alivio) porque en todo momento quien lee posee la certeza incómoda de que le está siendo mostrado algún tipo de secreto, un mensaje entre líneas que acampa de alguna manera sutil y deliciosa.

4. En Stone Junction hablamos de confianza. Hablamos de la posibilidad de que la realidad siempre sea algo distinto a lo que ocurre, no por inconformismo o inmadurez, sino por la propia base ontológica del ser, del cuerpo. No queremos que los Reyes Magos vuelvan, queremos volver a poseer el deseo de crearlos. Nombrar la cara oculta de la luna no cuestiona su presencia real, sólo la acepta y la utiliza en el beneficio del denominador. Eso es Stone Juction. Para eso, usa el Disfraz.

5. El Disfraz, en Holy Motors, es el poema. El poema se alimenta del deseo, el esqueleto es tan volátil que gime incomprensible en la mayoría de las ocasiones, se tambalea borracho por los recovecos de la catedral llena de columnas, pero reconocerás que en el encuentro surgen chispas que no son comprensibles de necesidad.

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6. Holy Motors (la película) trata sobre el esfuerzo del espectador para aceptar la renuncia a la incredulidad. Holy Motors (el concepto) trata sobre el esfuerzo del ser humano de aceptar la renuncia a la ilusión estática de la presencia corporal. Y sobre todo, de cómo se revuelve para intentar superar algo que a sí mismo le supera, preocupado por bailar con sus máscaras mientras fabrica, produce, hace y deshace sin apenas descanso. Trata, pues, sobre el deseo. Y qué mejor metáfora que el mismo cine, acciones de deseo llevadas a cabo por personajes que se mueven para deleite del espectador. Apoteosis vicaria. Como siempre, sólo que ahora, lo sabemos con más minuciosidad en el detalle.

7. Debe haber un puente, una coma, un fotograma que se encuentra oculto en una cueva, dentro del estómago de un león, que está en el estómago de una ballena, que está en el estómago de una tortuga gigante que yace dormida a su pesar. Debe cruzarse ese puente con el acto mismo de la escritura, recuperar el pulso ancestral de todos esos animales a través del gesto de la creación. Parece estúpido. Pero es materia perceptiva. Magos y forajidos. La linterna mágica. La evidencia de la certeza de que, desde el otro lado, debe suceder todo aquello que a este lado no es percibido. Sólo (¿sólo?) es necesario el esfuerzo de construir la posibilidad, el espacio de sucesión de lo narrado. De la tierra a la luna en unos minutos, pasando por la renuncia a una madurez mal asumida, sin callo, sin templanza. Holy-Motors-Motion-Capture

8. El camino del escapista, del alquimista, del tahúr, es el del que se ha comprometido con el arte de la sombra, el jardinero de lo que no sucede a la vista. Stone Junction es un manual de aforismos expandido, con la dulzura de un pastel infantil y la sabiduría de la boca de un viejo, que se olvida, que se elude, pero que aparece como el final de un camino que siempre está en construcción. Además, en su Disfraz es una novela divertida, conmovedora. Dan ganas de hablar con los demás, con los humanos, conociéndonos múltiples, eludiendo ser el centro de nada, cuando la nada es lo único gratuito a lo que no queremos acceder. Una novela que invita a la comunicación universal.

9. Holy Motors es un paseo sobre el espectáculo, lo orgánico y los restos que dejamos sobre lo que vamos construyendo. Un lamento replicante, ante la nueva venida de su versión parricida. Todos replicantes, todos embebidos en el Disfraz. Por eso incomoda en ocasiones, porque la poesía está Disfrazada y eso, en ocasiones, molesta. Vivimos en la certeza científica, ¿no es eso? Igual la única certeza es la del Disfraz.

10. Dos propuestas, por tanto, que hablan de lo bello y lo siniestro. De los dos lados de lo transitable. Ese cuento de hadas en que había dos caminos, uno fácil y otro difícil. Uno oscuro, farragoso y otro diáfano, luminoso. ¿Cuál escogías? ¿Te surge la duda? Esa es la razón del deseo: la razón reconocible de toda duda que anida en el poema.

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Stone Junction en su edición española, aquí

Holy Motors, ficha de IMDB, aquí

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Si hay un tema transversal en referencia al actual sistema sanitario, educativo y laboral es el de la eficacia, ese concepto malcriado y vacilante. Término adoptado como lanza ígnea, significante equiparable al famoso “los violentos”, acude al rescate de la imposición de medidas y decisiones sobre el trabajo, la salud o el futuro. Hablamos pues de valoraciones de resultados en función de su eficacia:

  • de la administración de medicación (psiquiátrica y de otros ámbitos) y de los éxitos de los tratamientos
  • de las dedicaciones profesionales (la gestión del tiempo, la gestión del estrés, la gestión de prioridades…)
  • de los conocimientos de un alumno
  • del rendimiento de un trabajador cualquiera, en cualquier ámbito

Y hablamos de valoraciones basadas en parámetros supuestamente objetivos de eficacia que, todos podemos si no saber, sospechar, de objetivos no tienen nada. Uno de esos grandes parámetros es la comisión de errores.

Leyendo el magnífico ensayo de Sennett sobre la artesanía y su presencia decisiva en el momento actual -ya que no podemos evitar estar rodeados de las cosas que producimos-, surge esta pequeña reflexión, que Sennett pone en boca de John Ruskin, escritor inglés del XIX que abogaba por el trabajo artesano frente a la dominación mecánica:

Un trabajador (…) [artesanal] está dispuesto a perder el control de su trabajo: cuando las máquinas pierden el control, se averían; cuando las personas lo pierden, hacen descubrimientos, tropiezan con afortunados accidentes. (…) Ruskin inventa su figura de un dibujante que ha perdido momentáneamente el control de su trabajo:

“Puedes enseñar a un hombre a dibujar una línea recta, a trazar una curva y a moldearla… con admirable velocidad y precisión; y considerarás perfecto su trabajo en su estilo; pero si le pides que reflexione acerca de cualquiera de esas formas, que vea si puede encontrar otra mejor de su invención, se detiene, su ejecución se hace vacilante, piensa, y lo más probable es que piense mal, lo más probable es que cometa un error en el primer toque que como ser pensante dé a su trabajo. Pero con todo eso has hecho de él un hombre, cuando antes era sólo una máquina, una herramienta animada.”

“El artesano”, Richard Sennett, 2009, Barcelona, Anagrama.

Huelga decir que el texto continúa y que participa de otras consideraciones en torno al enfrentamiento entre máquina y humano, pero me interesa especialmente como pequeño acicate para reflexionar acerca del error. Porque, tal y como comentaba al principio, estamos ahogados en un paradigma de eficacia casera, de botiquín. Una consideración y evaluación de la eficacia que es impuesta por cualquiera desde una éticamente dudosa posición de poder (no es necesario más que un conocimiento sesgado de la materia, ya hablemos de pacientes, personas, puestos de trabajo o escolares) y que es tatuada sobre cualquiera, algo que no es sin consecuencias.

La eficacia que conocemos, la mayoritaria, radica su perversión elemental en estar basada en paradigmas cuyo centro es la enfermedad, el síntoma, la dificultad o la carencia, en definitiva, se trata de un paradigma centrado en la falta. Y no lo hace para suponer una mejora en cuanto a la propia falta, sino para que el beneficiado sea directamente, y en primer lugar, el instrumento del impositor. Es decir, en consonancia con el texto de Ruskin, se podría decir que el paradigma de la falta fabrica herramientas animadas eficaces (no facilita que sucedan procesos humanos con error, por supuesto) que sustituyen procesos naturales de creación, invención y construcciones propias de un sujeto pensador. Dicho de otra manera, en un paradigma de eficacia no hay lugar para el error, ergo no hay lugar para resoluciones humanas que no vayan encaminadas hacia un beneficio directo de la fuente de la propia medida eficaz. La idiosincrasia de la eficacia es, pues, un aumento del caudal (o lo que es lo mismo, del poder, consecuencia directa) de aquella parte del sistema que ha impuesto la medida, no de aquel que la desarrolla sobre y a través de sí.

El paradigma de la eficacia, tal y como se está desarrollando, genera sujetos que producen (síntomas, arte, labores, objetos) para algo o alguien que no los considera sujetos, sino meramente productores. Por eso el error no tiene cabida.

Además, para esta “eficacia”, nunca es suficiente.

De esta manera, se entiende que se confunde eficacia con ahorro, ahorro en esfuerzo por una de las partes, ahorro en evaluaciones posteriores, desinterés lapidario por las consecuencias a largo plazo y, sobre todo, por los motores humanos que desarrollan esas medidas asépticamente diseñadas.

Durante la práctica de mi trabajo como terapeuta en salud mental he podido decenas de ejemplos de la angustia frente  al error de aquellas personas que, diagnosticadas, entran en una espiral en que todos los agentes presentes obligan de alguna manera a que no se pueda equivocar. Patrones erróneos, conclusiones erróneas, conductas erróneas, todo es erróneo y parece que ha de ser eliminado. El error, difícil de reconocer históricamente para el ser humano, se convierte en salud mental en un extra que el sistema no quiere permitir. Esta situación es extrapolable en otros sistemas además del sanitario, como podemos fácilmente suponer.

Nos queda reivindicar el error, por tanto, devolver al humano lo que es suyo y le ayuda a crecer, por sí mismo, por derecho propio. Hacer es equivocarse.

Larga vida, pues, al error.

Imagen: autómata construido entre 1768 y 1774 por Pierre Jaquet-Droz

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El día 3 de marzo de 2013, Francisco Pérez Abellán nos dejaba una columna de sociedad en el periódico La Razón -realmente estremecedora- titulada “El crimen del enfermo”. Aquí (por ahora) puede verse el enlace, aunque de todas maneras transcribiré, párrafo a párrafo (se trata del texto en negrita), su reflexión en torno a un asesinato cometido, al parecer, por una persona con un diagnóstico de enfermedad mental. Asimismo, me permito hacer algunos comentarios a pie de párrafo, para contrastar con un mínimo de coherencia un discurso vacío, retrógado y, sorprendentemente, ignorante.

Francisco, que no es nuevo en esto de la criminología y los asesinatos, la casquería y el voyeurismo asimétrico omnívoro (no en vano, se dedica -entre otras apariciones televisivas esperpénticas- a la docencia en esta materia) comienza así:

El crimen del enfermo

“Hay un montón de gente por ahí que no está bien de la cabeza. Parte de esa gente puede llegar a convertirse en una amenaza para los demás. Algunas de esas personas oyen voces o despegan de la realidad. Viven episodios psicóticos.”

Comenzamos bien, Francisco. “No estar bien de la cabeza, una amenaza para los demás”. “Episodios psicóticos.” Así que usted va marcando el terreno, que el lector sepa de qué habla. Bien, bien. Estamos, pues, por lo visto, hablando de los locos que amenazan. La amenaza de la locura. Espero que ya, sólo al comenzar, las madres hayan metido a todos los hijos en sus casas. El lenguaje profético (“se acerca la plaga, por si no lo sabéis”) del señor Pérez Abellán es pura poesía apocalíptica. Al fin y al cabo, tira de los clásicos. Comencemos por el miedo, el desenlace vendrá más tarde.

“Normalmente avisan. Protagonizan ataques e intentos de hacer daño. Puede ser el caso, aunque todavía es pronto para saberlo, del joven de 34 años que presuntamente mató a puñaladas a su padre, su madre y su hermana el pasado jueves. Se cree que lo hizo el jueves con un cuchillo. Los cadáveres presentan varias heridas punzantes con insistencia en el cuello.”

Ahora nos tranquiliza. “Normalmente avisan”. Ellos, claro, no son tan malos. Maníacos peligrosos, pero civilizados, viene a decir. Son asesinos en potencia pero se pueden parar a tiempo. Menos mal, Francisco, me deja usted respirar un poco. “Puede ser el caso, aunque todavía es pronto para saberlo”… Entre usted y yo, Francisco, sólo por la desvergüenza de esta frase con la que evidencia que ni siquiera está seguro de lo que juzga, ya merecería ser demandado. Pero tranquilo, ya sabemos que estas cosas no pasan en este país que desea leer opiniones como las suyas.  Ah, que no se me olvide, “insistencia en el cuello”. Ahí se ha marcado usted una fantástica licencia poética para hacer salivar un poquito más al lector aterrado y morboso, ávido de miedo cultivado bajo tu presencia. ¿Le excita escribir así sobre estos temas?

“Soy de la personas que opinan que los locos matan poquísimo.”

Menos mal, Paco. Menos mal. Eres, en realidad un héroe. Un alma caritativa. Pero te prejuzgo, y además te he llamado de tú, disculpe, sigamos leyendo.

“Pero a veces pueden cometer crímenes horribles. Hay algún tipo de locura que convierte a las personas en bombas rodantes.”

Sí, Francisco. Siga usted pensando que lo que convierte a las personas en bombas rodantes es la locura. Siga así. Así se queda usted tranquilo, ¿verdad? ¿Es así como llega a fin de mes? ¿Es eso lo que piensa cuando se mira en el espejo, Francisco? ¿Piensa que puede vivir con tranquilidad sabiendo que usted no es de esos seres humanos que explotan? Siga así. Separándose un poco más, cada día más, de lo que significa ser humano. Total, nadie lo va a notar. Y usted además gana dinero con eso. ¿Cuánto dinero ha ganado trabajando con el miedo de los demás? ¿Es consciente de que eso no tiene mérito alguno?

“Este triple asesinato de Dos Hermanas (Sevilla) tiene toda la pinta de haber sido protagonizado por un enfermo mental, con antecedentes por agresión a sus familiares.”

Otra frase para denuncia. “Toda la pinta de haber sido protagonizado por un enfermo mental”. Ya. Y usted tiene toda la pinta de haber tenido una infancia difícil, con mucho miedo. Muy asustado de todo aquello que podía salir de dentro. Así, los actos se acabaron convirtiendo en lo que “algo con toda la pinta de haber sido hecho por alguien como yo” o en “algo con toda la pinta de no haber sido hecho por alguien como yo”. ¿Cuál ha sido su rasero de lo moral en la vida, don Francisco? ¿Por qué se empeña tanto en demostrar que el mal es una cuestión de enfermedad? ¿Qué fibra le está tocando a usted en lo personal?

“Nos hemos acostumbrado a convivir con la gente que desvaría y no somos capaces de medir su peligrosidad.”

Aquí le doy toda la razón. De hecho, algunos incluso escriben en periódicos, publican libros y tienen programas de televisión. De hecho, algunos no tienen ni idea del sufrimiento que causan con las meras palabras porque, posiblemente no tenga ni idea, pero los discursos generan realidades materiales que perpetúan exclusiones dolorosas. Y quizá esta peligrosidad sí que no tiene medida, Francisco.

“En nuestro país, la salud mental no está correctamente valorada. Demasiado a menudo decimos como una broma: «Tú estás loco», pero es que el que de verdad lo está, necesita ayuda, medicación y custodia.”

Lo único que me consuela de este párrafo es conocer de primera mano, gracias a mi experiencia laboral, que las personas que intenta usted eliminar saben que miente. Saben que habla desde el miedo del desconocimiento y el morbo perverso del vouyeur. Saben, sabemos (porque algunos profesionales también, no crea) que su reclamación de custodia habla de su propia incapacidad de un hombre para enfrentarse consigo mismo. Un hombre que se fascina constantemente (y vive de ello) con la construcción de monstruos ajenos. Parapetos como de niño que no tiene con quién jugar. La diferenciación angustiosa, la necesidad de meter a TODAS las personas diagnosticadas en custodia (ni siquiera se ha molestado usted en poner un condicional) evidencia poca consciencia de autocontrol, don Francisco.

“Hay pocos controles en la infancia o la juventud para llevar la cuenta del número de afectados por trastornos mentales y es un recuento imprescindible. Aquel brote de antipsiquiatría que puso a todos los enfermos a convivir en la sociedad produjo unos efectos no deseados que duran hasta hoy. En nuestro país hay como medio millón de enfermos mentales a cargo de sus familias.”

No, don Francisco, lo que falta es un recuento de personas que manejan conceptos denigrantes para el buen funcionamiento de la sociedad. Lo que falta, es el recuento de escritorzuelos que sin ningún tipo de criterio ético, filosófico o científico se permiten hacer comentarios que generan un corpus de des-conocimiento que afecta a la calidad de vida de otras personas. Lo que falta, en definitiva, es vergüenza, para mencionar un movimiento sin saber o explicar nada de lo que representa. La antipsiquiatría por suerte puso a muchas personas a convivir en sociedad incluso teniendo que aguantar discursos reaccionarios e ignorantes como el suyo,  don Francisco.

“Normalmente, mocetones o mujeronas imposibles de manejar a cargo de sus madres, unas señoras heroicas que día a día van quedándose sin fuerzas en una batalla que les supera.”

“Imposibles de manejar”, tal y como si fueran objetos o animales. “Señoras heroicas”, ya que, incluso dentro de su propio discurso, usted continúa rizando el rizo, desresponsabilizando a los padres, a los hombres. Cómo pensar que su pensamiento no fuese también machista, por supuesto. Una vez que se entra en la exclusión del otro, continuemos para bingo. Y, puesto que de su discurso se desprende que usted es un modelo a seguir (¿si no, por qué habría de escribir esta columna?), está claro que el humano ideal para usted es, eso, usted mismo. Que Dios nos coja confesados, que se dice.

“Y la consecuencia es que de vez en cuando hay víctimas con sangre.”

El grand finale, claro está. La palabra sagrada para las personas como usted. SANGRE. Comienza con CRIMEN, ENFERMO y termina con SANGRE. No podía esperarme menos de su prolífica prosa. Es, simplemente, éticamente, literariamente, patético.

Así que, resumiendo. Veamos sus falsedades:

1. Relaciona directamente criminalidad con enfermedad mental.

2. Relaciona crimen de persona con enfermedad mental con el ensañamiento.

3. Relaciona dedicación de las familias (responsabilidad para con sus propios seres queridos) con carga y pesadumbre.

4. Relaciona un movimiento de apertura social y científico como fue (y es) la antipsiquiatría con peligro social y amenaza.

5. Relaciona, en definitiva, la salud mental y a todas las personas que están relacionadas con ella con el asesinato y la sangre.

De manera que, por mi parte, deduzco:

1. Que usted tiene demasiado miedo de lo desconocido.

2. Que se lucra con el miedo de otros.

3. Que, en el fondo, conoce las imprecisiones de su discurso y la ausencia de lógica en él.

4. Que su discurso y usted mismo carecen de ética y prodigan una moral dudosa, reaccionaria y verdaderamente avergonzante como ciudadano.

5. Que quienes le pagan por su columna, de alguna manera, hablan junto a usted y en los mismos términos. Aunque se retracten.

Y para finalizar, señor Pérez Abellán, sólo decirle que no tiene ni idea, repito, ni idea, del esfuerzo que llevamos haciendo profesionales, familiares y personas afectadas para eliminar la basura, la ruina, que dejan discursos como el suyo. El sufrimiento que hay detrás de todo este camino. Los progresos que se han hecho. La cantidad de personas que ofende con sus palabras de trilero. Pero sepa que seguimos trabajando en ello.

Y usted, por desgracia, seguirá conviviendo con su miedo.

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