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En el verano de 2015 terminó, con tres temporadas, una interesante serie británica que alguien podría calificar de adolescente, pero que, como todas las narraciones bien construidas, encierra mucho más que una simple sobredosis de azúcar, pósters ideales o violencia sin control. En un paradigma visual en el que se pueden encontrar crueles y panópticas bazofias como “Hermano mayor”, producciones como la de My Mad Fat Diary son muy de agradecer.

Porque, en realidad, My Mad Fat Diary (en adelante, MMFD) es todo lo contrario a un producto edulcorado. Es representación formal y ficcional (ojo, nunca diremos que no está basada en estereotipos, no es en absoluto la pretensión de este artículo ni la de la serie) de un conflicto que son todos los conflictos en una cultura occidental para un adolescente, pero también, como veremos, para cualquier adulto. Ah, y aparece el tema de la enfermedad mental, pero sorprendentemente no aparece como alguien que quiere matar a sus amigos con un cuchillo ni realiza actos satánicos. Tampoco es el tema del doble maquiavélico. No es, ni mucho menos la historia de una redención ni la de una reconstrucción vital después de un episodio delirante. No veremos ese tipo de discriminación, negativa o positiva.

Es, afortunadamente, la historia normal y corriente de una adolescente buscando un lugar en el mundo y, como todos sabemos aunque queramos olvidar, eso duele.

1.Retrato de la adolescencia
En MMFD asistimos al retrato/recuerdo de una adolescencia, la de un grupo de chicas y chicos y la de una sociedad a finales de un siglo. Es un pequeño ejercicio arqueológico sobre esos días que no queremos volver a ver, que duran para siempre, que se anclan en una remisión molesta que acaba proyectándose en la discriminación clásica de “etapa pasada”. Rae cae mal en muchos momentos, es indecisa, cruel, egoísta, perezosa, obtusa y ridícula. Porque es humana, joven y está viva. Como nosotros, como lo fuimos, lo somos y lo seremos, pero para eso están ahí los adolescentes: nos recuerdan cuál es la titánica tarea insostenible de la búsqueda de una identidad y voz propias que se lleva a cabo -como se puede- en esos largos años, en una sociedad que atraviesa nuestros cuerpos y que no deja de pedir y acusar.
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2. Enfermedad mental
La enfermedad mental está presente en MMFD como algo más que un problema. De hecho, casi podríamos decir que es una anécdota en el cómputo general de la serie. Es decir, que nadie os venda que se trata de una serie sobre salud mental. Porque eso no es cierto, en absoluto. Si en ocasiones, la sintomatología (esto es, la respuesta más fuera de control y eminentemente lesiva sobre sí misma de Rae a algunos problemas) es un problema será más por las consecuencias que le trae cada una de estas acciones (discriminación, culpa, estatismo, retroceso) a la protagonista, que no porque sean el vórtice alrededor del que orbita la narración. De hecho, en ocasiones, se evidencia que el síntoma, su pasaje al acto, sirvió para algo. Y esto es porque, de alguna manera, era la única opción que Rae pudo desplegar en ciertos momentos.

Así que lo interesante es que, aquí, una conducta lesiva, un síntoma, no es el problema principal, no justifica las acciones del personaje y, sobre todo, no convierte a Rae en un extraño ser de las profundidades que debería ser controlado a toda costa. No es un monstruo incomprensible, no es una condena a largo plazo. Ni tampoco es un ser celestial digno de atención y cuidados. Es un ser humano que se esfuerza en ser valorado en la medida de sus posiblidades, y eso tiene éxito en ocasiones y en otras no.

En MMFD se evidencia que la enfermedad mental no es un estado sino una circunstancia que acontece; o, para hablar con propiedad, la puesta en acto personal, subjetiva e intransferible de una sintomatología lesiva en Rae, no es sino una estrategia más de resolución de conflictos, que no puede ser leída bajo ningún concepto como alejada de su condición actual, de su cotidianeidad y de sus enlaces con el resto de humanos que forman su grupo de referencia. Una consecuencia de la interrelación de su deseo, sus esperanzas, sus fracasos y su entorno, tan lleno de humanos, miradas, palabras y cosas.

Nada de neurotransmisores.

Nada de genética.

Incluso nada de ciencias psi, ya que a lo largo de la historia veremos que la figura de Kestler, el psicólogo, necesita en más ocasiones a Rae que la propia Rae a Kestler. Así que se puede observar la función temporal, ocasional y -en ocasiones más o menos- acertada de la figura del terapeuta. Pero sobre todo, observamos que ni es crucial ni debe ser permanente. Porque la acción en la vida de Rae siempre debería estar en otro lugar. El que pueda ocupar de manera autónoma. El suyo. Ese tan difícil de encontrar. Ese que va a costar construir, sí o sí. Y no hay manera de hacerlo más fácil. Pero se puede hacer menos doloroso.

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3. Discriminación
MMFD es un muestrario de discriminaciones interminable, de la misma manera que lo es cualquier instituto, colegio o ciudad. Y, a pesar de que en ocasiones se acerque al cliché, se ven retratados múltiples arquetipos sociales y sus exclusiones.

Por ser gorda, por ser joven, por tener un diagnóstico. Por mujer. Por demasiado alta. Por demasiado pelirroja. Por hija única. Por ser vieja, por no tener estudios. Por no ser suficientemente hombre. Autodiscriminación, discriminación de los otros, retrodiscriminación, discriminación diferida, discriminación por raza, por aspecto, por comportamiento. Por opción sexual, por edad. Por tus elecciones. Por ser demasiado guapo. Por la ruptura con la norma establecida. Por el lugar, el espacio y el tiempo que ocupas. Por ser otro. Por existir. Discriminación transversal que atraviesa la narración de MMFD y que toma decenas de formas, como la vida misma, que se asume como se asume lo que se puede: echando balones fuera, minando balones dentro, o dejando de existir. O atravesando una cota de dolor suficiente para subir a esa torre y gritar que esto que veo (siento y dolor) es todo mío. Al menos estar seguro de esto en medio del destierro cotidiano.

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4. El cuerpo
La puesta en juego del cuerpo es crucial a lo largo de toda nuestra vida, pero sin duda es en la adolescencia (y en su reverso, la jubilación) cuando el cuerpo toma el protagonismo absoluto en cuanto a la presencia y denominación del sujeto que lo habita. En MMFD, el cuerpo se presenta como un campo de batalla, una baliza que atraviesa y es atravesada por el deseo y que se erige en superficie de descarga: dolor, placer, movimiento, desactivación.

Un cuerpo que estalla y un cuerpo que se silencia.

De nuevo, la adolescencia como metáfora de una vida entera.

5. Evolución y repetición
Asistiremos a las distintas etapas y los dramas más o menos domésticos de Rae y sus amigos, así como a sus resoluciones, pero sobre todo, mucho más importante, asistiremos a sus imposibilidades, a sus repeticiones.

Porque la vida es eso, es entender un problema y volver a caer; es no querer dañar a tus seres queridos y hacerlo una y otra vez, porque al fin y al cabo ellos son tus acompañantes y espectadores, recogen y generan lo recogido. No se puede ser sin el otro, y el otro no puede esperar que no nos equivoquemos, porque al otro también le pasa. Al final, tras la marea, queda el poso de lo erosionado: lo que se puede transportar a otro lugar, aunque la dinámica pueda volver a ser la misma.

Estamos gobernados por la repetición, pero a veces se escapa una esquirla de sentido y lo que ordena la secuencia se manifiesta, saltando del agua turbia. Es el momento de la pesca, que a veces da sus resultados; o simplemente, un respiro.

6. Apoyo social
La salvación de Rae está en su grupo de amigos. Esa es la gran palanca. No es la terapia que lleva a cabo con su psicólogo, no es la medicación, no es el paso del tiempo ni la rectificación cognitiva. No es ninguna falacia psi, ni bio ni homeo ni conciencia de enfermedad, ni tratamiento prolongado, ni toma de conciencia ni nada de nada. Es un lugar en un grupo de iguales completamente diferente. El resumen de una vida, adolescente o no: encontrar un lugar. Y ese lugar, viviendo en el entorno en el que Rae vive, urbano, contemporáneo, occidental, está en ese grupo de amigos, donde lo normal no es la norma, por fortuna para ellos.

Ese es uno de los grandes aciertos de MMFD, presentar la búsqueda de Rae como la única búsqueda posible, aunque nos empeñemos en vestirla de autoayuda y tratamientos involuntarios, aunque nos empeñemos en disculpar y disimular barriendo bajo las mesas con las escobas de las instituciones; el camino inevitable es el que pasa por encontrar un sitio en el mundo, ser-con-otros.

7. Banda sonora
Una banda sonora excepcional para aquellas personas que disfrutaron de la década de los noventa, del rock y el pop comercial. Una llamada a la nostalgia para los que pasamos por allí.

8. El entretenimiento y diversión de un buen folletín. 
Un folletín, una concesión a la emoción más primaria despertada por una narración: la de la ternura en la descripción de los actos, la de los movimientos naturales de un ser humano en un barrio en una casa, en una habitación en busca del sentido inmediato aprehensible de la vida.

9. La claridad 
Una estructura ágil, en consonancia con los temas que trata en ocasiones y en contraste con otros, de manera que la propia estructura narrativa y sus elementos en el montaje permiten poder “descargar” de dramatismo los temas más escabrosos. Tal y como es en la mente adolescente: drama mortal, indiferencia, exaltación corporal y alegría infinitas por momentos. La apariencia de lo no importante en su camino hacia convertirse en el cemento de una vida, de cualquier vida. Un espejo amable donde pararse a reflexionar.

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10. Muy recomendable
Así, Rae y sus amigos despiertan en el espectador empatía, antipatía y simpatía a partes iguales. Excluimos, incluimos y acompañamos sus decisiones como un participante más en su carrera. Juzgamos y somos juzgados. Pero, gracias a la manera en que se cuenta esta historia, no se nos obliga a caer en la compasión ni en la indiferencia.

1354203731_731100_1354203838_noticia_normalImagen: El Roto ©

Empiezo por una conclusión: el estigma da dinero. Una campaña da dinero. Una campaña contra el estigma en salud mental desarrollada por una compañía farmacéutica que vende “pastillas contra el estigma” ha de ser, forzosamente, una fabulosa trampa cuyo fin es ese: dinero. Dinero, dinero, dinero. Qué cosas, normalmente en esto del estigma en salud mental, no se suele hablar del dinero. ¿No era una cuestión ética y moral? También, claro. Es más, hablaremos sobre todo de las implicaciones éticas (dejemos a la moral para los expertos, que ahora salen como setas especialmente en este país) de ganar mucho dinerito a partir de la enfermedad de los otros.

Hace unas semanas pude ver en el metro de Barcelona una campaña “contra el estigma” basada en la dudosa pretensión de eliminar la discriminación contradiciendo los prejuicios con una imagen clásica de felicidad que, según los patrocinadores debe significar “esta imagen te demuestra que tu prejuicio es falso”. Debo decir que por fortuna, fue mi trabajo como terapeuta ocupacional quien me enseñó que el prejuicio en salud mental -como todos los prejuicios- es, en su mayor parte, falso. Digo en su mayor parte, porque las personas diagnosticadas, igual que cualquier otra persona, también pueden ser asociales, impredecibles y no poder trabajar por diversas circunstancias. De hecho, eso es ser un ser humano, algo que hasta un directivo de Janssen sabe. Ni que decir tiene que lo que de falso tiene un prejuicio es su condición de absoluto, pero también está basado en concepciones comunes a todos los mortales.

De manera que estoy en el andén, mirando la imagen y el mensaje, y lo primero que pensé es “mira qué bien”, una campaña de salud mental en el metro, con una visibilidad bastante novedosa (los carteles son enormes). Aquí hay alguien que está colocando dinero en una campaña potente. Y en pocos segundos, mirando bien el cartel, el pensamiento fue “hay algo que no me cuadra”.

Es entonces cuando veo, suficientemente integrado en el centro de la imagen, el patrocinador de la campaña, Janssen. Y claro, Janssen vende medicación psiquiátrica. “Vaya”, pienso, “ya me lo temía yo”. Y como soy de natural desconfiado -paranoide dirían los manuales de diagnóstico-, pensé en mirar la web de la campaña.

Con respecto a los contenidos de esa página, no entraré en muchos detalles, ya que el objetivo de este post es, precisamente, comunicar el genial análisis que ya han hecho dos profesionales de la salud mental (el psicólogo clínico Mikel Valverde y el psiquiatra José A. Inchauspe) y que, sin duda, tienen muchos más datos para avalar qué se esconde bajo la apariencia de esta campaña contra el estigma en salud mental. Lo podéis encontrar aquí. De manera que no comentaré nada acerca del terrible sesgo que se hace acerca de la información sobre la enfermedad, sobre la castración del autogobierno de las personas que están diagnosticadas, sobre las palabras clave (por ejemplo, cuando se habla de drogas, siempre se antepone “ilícita”, es decir, si la ley las aceptara, ¡no generarían ningún perjuicio!) que se clavan como espuelas y, en definitiva, sobre un uso -una vez más- de las imágenes y las palabras como una doble estrategia económica y discriminatoria. Como ejemplo, un botón, extraido literalmente de la sección “Vivir con esquizofrenia hoy día”:

En el pasado, la visión sobre la esquizofrenia era muy limitada y se consideraba que las personas estaban incapacitadas cuando padecían la enfermedad.
La perspectiva ha cambiado porque se sabe que la mayoría de los pacientes hoy en día pueden llevar una vida relativamente normal siempre que cumplan bien la medicación y lleven hábitos de vida saludables.

Que es más o menos como decir “los pacientes pueden llevar una vida relativamente normal siempre que cumplan bien la medicación (lícita) que vendemos y lleven hábitos de vida saludables (los que nosotros digamos que son saludables), sean muy felices y no molesten mucho, no sea que tengamos que aumentar las dosis o plantear el centenar de recomendaciones mucho más útiles -que no se quedan en hábitos y pastillas- en las que perderíamos dinero y fiabilidad en el control de contingencias“.

Al final, es lo de siempre, palabras cliché, soluciones que pasan por el consumo de productos que el propio sistema que diagnostica vende, desresponsabilizar a las personas de sus propias vidas o hacerlo en función de unas normas creadas por el mercado y la falsa moral… Y si no es así, ¿por qué no salen todas las demás alternativas? ¿Por qué no se habla de la capacidad de muchas personas diagnosticadas de desarrollar una vida mejor mediante la normalización de sus vidas? ¿Por qué se pasa de puntillas por las psicoterapias? ¿Por qué se acaba siempre considerando a la persona diagnosticada como un enfermo pasivo, crónico y disruptivo? Porque es así, dirán algunos. Por dinero y por poder, diremos otros. Porque está en la base del estigma moderno, generado hace siglos y mantenido por el sistema, al igual que en otros casos de discriminación.

Por aclarar, quiero exponer que no estoy en contra de la medicación. Al menos no de manera taxativa y absoluta. En todo caso sí estoy en contra de que la medicación y el diagnóstico apresurado sean la primera elección terapéutica.

En mi trabajo he podido entender la necesidad de uso de la medicación como medida de contención. Como el antiinflamatorio, el antiácido, el retroviral. Pero se trata de eso, de una contención, y como tal, puede durar de por vida, pero también puede ser accesoria, intermitente o ser utilizada según necesidad: dependiendo de cada persona, de su evolución, de sus preferencias, de sus posibilidades. Como el antiinflamatorio, el antiácido y el retroviral. Porque el fármaco contiene, facilita o minimiza, pero no tiene ningún virus que matar, ningún ácido que neutralizar. Disminuye o facilita el flujo de los neurotransmisores. Por eso no puede ser lo único presente en el sistema actual, lo único por lo que destina la mayor parte de la dotación económica el sistema sanitario que lo administra, el social que lo demanda y el político que lo sostiene. El monotema, el monotratamiento. La medicación nunca soluciona el problema, sólo facilita o entorpece la búsqueda real de las soluciones.

Sigue sin tener sentido un mundo en el que la persona no tiene claro por qué su psiquiatra receta tal o cual medicación, de tal o cual laboratorio. O por qué cuando una persona diagnosticada va a una entrevista de trabajo acaba haciendo una confesión de vida. O por qué es normal estar triste cuando ha muerto alguien querido y quizá no tienes nada donde agarrarte (que los neurotransmisores no se alteran así, por arte de magia). O por qué en la diagnosis temprana no se tienen en cuenta las repercusiones vitales en un niño o adolescente que está descubriendo que es eso del mundo y las tan penosamente reutilizadas “conductas”. O por qué no hay mecanismos reales de verificación y control de calidad profesional y programas de intervención en el ámbito de la salud mental. Pero de eso hablaremos en otra ocasión.

Por último, tampoco estoy en contra de este tipo de campañas. En salud mental seguimos en una fase de “mejor esto que nada”. La visibilización siempre es importante, sobre todo si el que la sufre siente algún alivio al verse reflejado en otra posibilidad de imagen pública. Sin embargo, será mucho más sano para todos que estas campañas partan de patrocinadores más saludables que una farmacéutica que elimina toda ética de su funcionamiento social y económico (la paradoja eterna del “tercer sector” y la salud). Porque hay una cuestión de fondo que podría ser bastante aterradora… ¿quién es el público de esta campaña? ¿A quién va dirigida y con qué mensaje? Parece decir, “Janssen tiene la solución para el descontrol, es nuestra medicación la que os salvará a ambos de la enfermedad mental”. ¿Parece exagerado? Lo exagerado, lo vergonzoso, es manipular la información para dar un doble golpe económico y social. Una nueva plaga que no todo el mundo conoce, pero que es milenaria y está de nuevo de moda, con esmóquin nuevo: la del marketing de caridad. La felicidad en un refresco de cola.

Afortunadamente, hay voces críticas como las del artículo enlazado, además de iniciativas como Saltando Muros, Postpsiquiatría o Primera Vocal (que ya trató esta campaña en este post de manera magistral) que permiten contrastar con datos concretos, con experiencias de primera mano y buenos argumentos la opinión de las empresas farmacéuticas y de algunos profesionales que las avalan -estos últimos bajo patrocinio monetario generoso, se entiende-.

Ahí estaremos, para escucharlas y comunicar las palabras, gratuitas, que nos regalan. Algo que a Janssen nunca se le ocurriría.

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Si hay un tema transversal en referencia al actual sistema sanitario, educativo y laboral es el de la eficacia, ese concepto malcriado y vacilante. Término adoptado como lanza ígnea, significante equiparable al famoso “los violentos”, acude al rescate de la imposición de medidas y decisiones sobre el trabajo, la salud o el futuro. Hablamos pues de valoraciones de resultados en función de su eficacia:

  • de la administración de medicación (psiquiátrica y de otros ámbitos) y de los éxitos de los tratamientos
  • de las dedicaciones profesionales (la gestión del tiempo, la gestión del estrés, la gestión de prioridades…)
  • de los conocimientos de un alumno
  • del rendimiento de un trabajador cualquiera, en cualquier ámbito

Y hablamos de valoraciones basadas en parámetros supuestamente objetivos de eficacia que, todos podemos si no saber, sospechar, de objetivos no tienen nada. Uno de esos grandes parámetros es la comisión de errores.

Leyendo el magnífico ensayo de Sennett sobre la artesanía y su presencia decisiva en el momento actual -ya que no podemos evitar estar rodeados de las cosas que producimos-, surge esta pequeña reflexión, que Sennett pone en boca de John Ruskin, escritor inglés del XIX que abogaba por el trabajo artesano frente a la dominación mecánica:

Un trabajador (…) [artesanal] está dispuesto a perder el control de su trabajo: cuando las máquinas pierden el control, se averían; cuando las personas lo pierden, hacen descubrimientos, tropiezan con afortunados accidentes. (…) Ruskin inventa su figura de un dibujante que ha perdido momentáneamente el control de su trabajo:

“Puedes enseñar a un hombre a dibujar una línea recta, a trazar una curva y a moldearla… con admirable velocidad y precisión; y considerarás perfecto su trabajo en su estilo; pero si le pides que reflexione acerca de cualquiera de esas formas, que vea si puede encontrar otra mejor de su invención, se detiene, su ejecución se hace vacilante, piensa, y lo más probable es que piense mal, lo más probable es que cometa un error en el primer toque que como ser pensante dé a su trabajo. Pero con todo eso has hecho de él un hombre, cuando antes era sólo una máquina, una herramienta animada.”

“El artesano”, Richard Sennett, 2009, Barcelona, Anagrama.

Huelga decir que el texto continúa y que participa de otras consideraciones en torno al enfrentamiento entre máquina y humano, pero me interesa especialmente como pequeño acicate para reflexionar acerca del error. Porque, tal y como comentaba al principio, estamos ahogados en un paradigma de eficacia casera, de botiquín. Una consideración y evaluación de la eficacia que es impuesta por cualquiera desde una éticamente dudosa posición de poder (no es necesario más que un conocimiento sesgado de la materia, ya hablemos de pacientes, personas, puestos de trabajo o escolares) y que es tatuada sobre cualquiera, algo que no es sin consecuencias.

La eficacia que conocemos, la mayoritaria, radica su perversión elemental en estar basada en paradigmas cuyo centro es la enfermedad, el síntoma, la dificultad o la carencia, en definitiva, se trata de un paradigma centrado en la falta. Y no lo hace para suponer una mejora en cuanto a la propia falta, sino para que el beneficiado sea directamente, y en primer lugar, el instrumento del impositor. Es decir, en consonancia con el texto de Ruskin, se podría decir que el paradigma de la falta fabrica herramientas animadas eficaces (no facilita que sucedan procesos humanos con error, por supuesto) que sustituyen procesos naturales de creación, invención y construcciones propias de un sujeto pensador. Dicho de otra manera, en un paradigma de eficacia no hay lugar para el error, ergo no hay lugar para resoluciones humanas que no vayan encaminadas hacia un beneficio directo de la fuente de la propia medida eficaz. La idiosincrasia de la eficacia es, pues, un aumento del caudal (o lo que es lo mismo, del poder, consecuencia directa) de aquella parte del sistema que ha impuesto la medida, no de aquel que la desarrolla sobre y a través de sí.

El paradigma de la eficacia, tal y como se está desarrollando, genera sujetos que producen (síntomas, arte, labores, objetos) para algo o alguien que no los considera sujetos, sino meramente productores. Por eso el error no tiene cabida.

Además, para esta “eficacia”, nunca es suficiente.

De esta manera, se entiende que se confunde eficacia con ahorro, ahorro en esfuerzo por una de las partes, ahorro en evaluaciones posteriores, desinterés lapidario por las consecuencias a largo plazo y, sobre todo, por los motores humanos que desarrollan esas medidas asépticamente diseñadas.

Durante la práctica de mi trabajo como terapeuta en salud mental he podido decenas de ejemplos de la angustia frente  al error de aquellas personas que, diagnosticadas, entran en una espiral en que todos los agentes presentes obligan de alguna manera a que no se pueda equivocar. Patrones erróneos, conclusiones erróneas, conductas erróneas, todo es erróneo y parece que ha de ser eliminado. El error, difícil de reconocer históricamente para el ser humano, se convierte en salud mental en un extra que el sistema no quiere permitir. Esta situación es extrapolable en otros sistemas además del sanitario, como podemos fácilmente suponer.

Nos queda reivindicar el error, por tanto, devolver al humano lo que es suyo y le ayuda a crecer, por sí mismo, por derecho propio. Hacer es equivocarse.

Larga vida, pues, al error.

Imagen: autómata construido entre 1768 y 1774 por Pierre Jaquet-Droz

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El día 3 de marzo de 2013, Francisco Pérez Abellán nos dejaba una columna de sociedad en el periódico La Razón -realmente estremecedora- titulada “El crimen del enfermo”. Aquí (por ahora) puede verse el enlace, aunque de todas maneras transcribiré, párrafo a párrafo (se trata del texto en negrita), su reflexión en torno a un asesinato cometido, al parecer, por una persona con un diagnóstico de enfermedad mental. Asimismo, me permito hacer algunos comentarios a pie de párrafo, para contrastar con un mínimo de coherencia un discurso vacío, retrógado y, sorprendentemente, ignorante.

Francisco, que no es nuevo en esto de la criminología y los asesinatos, la casquería y el voyeurismo asimétrico omnívoro (no en vano, se dedica -entre otras apariciones televisivas esperpénticas- a la docencia en esta materia) comienza así:

El crimen del enfermo

“Hay un montón de gente por ahí que no está bien de la cabeza. Parte de esa gente puede llegar a convertirse en una amenaza para los demás. Algunas de esas personas oyen voces o despegan de la realidad. Viven episodios psicóticos.”

Comenzamos bien, Francisco. “No estar bien de la cabeza, una amenaza para los demás”. “Episodios psicóticos.” Así que usted va marcando el terreno, que el lector sepa de qué habla. Bien, bien. Estamos, pues, por lo visto, hablando de los locos que amenazan. La amenaza de la locura. Espero que ya, sólo al comenzar, las madres hayan metido a todos los hijos en sus casas. El lenguaje profético (“se acerca la plaga, por si no lo sabéis”) del señor Pérez Abellán es pura poesía apocalíptica. Al fin y al cabo, tira de los clásicos. Comencemos por el miedo, el desenlace vendrá más tarde.

“Normalmente avisan. Protagonizan ataques e intentos de hacer daño. Puede ser el caso, aunque todavía es pronto para saberlo, del joven de 34 años que presuntamente mató a puñaladas a su padre, su madre y su hermana el pasado jueves. Se cree que lo hizo el jueves con un cuchillo. Los cadáveres presentan varias heridas punzantes con insistencia en el cuello.”

Ahora nos tranquiliza. “Normalmente avisan”. Ellos, claro, no son tan malos. Maníacos peligrosos, pero civilizados, viene a decir. Son asesinos en potencia pero se pueden parar a tiempo. Menos mal, Francisco, me deja usted respirar un poco. “Puede ser el caso, aunque todavía es pronto para saberlo”… Entre usted y yo, Francisco, sólo por la desvergüenza de esta frase con la que evidencia que ni siquiera está seguro de lo que juzga, ya merecería ser demandado. Pero tranquilo, ya sabemos que estas cosas no pasan en este país que desea leer opiniones como las suyas.  Ah, que no se me olvide, “insistencia en el cuello”. Ahí se ha marcado usted una fantástica licencia poética para hacer salivar un poquito más al lector aterrado y morboso, ávido de miedo cultivado bajo tu presencia. ¿Le excita escribir así sobre estos temas?

“Soy de la personas que opinan que los locos matan poquísimo.”

Menos mal, Paco. Menos mal. Eres, en realidad un héroe. Un alma caritativa. Pero te prejuzgo, y además te he llamado de tú, disculpe, sigamos leyendo.

“Pero a veces pueden cometer crímenes horribles. Hay algún tipo de locura que convierte a las personas en bombas rodantes.”

Sí, Francisco. Siga usted pensando que lo que convierte a las personas en bombas rodantes es la locura. Siga así. Así se queda usted tranquilo, ¿verdad? ¿Es así como llega a fin de mes? ¿Es eso lo que piensa cuando se mira en el espejo, Francisco? ¿Piensa que puede vivir con tranquilidad sabiendo que usted no es de esos seres humanos que explotan? Siga así. Separándose un poco más, cada día más, de lo que significa ser humano. Total, nadie lo va a notar. Y usted además gana dinero con eso. ¿Cuánto dinero ha ganado trabajando con el miedo de los demás? ¿Es consciente de que eso no tiene mérito alguno?

“Este triple asesinato de Dos Hermanas (Sevilla) tiene toda la pinta de haber sido protagonizado por un enfermo mental, con antecedentes por agresión a sus familiares.”

Otra frase para denuncia. “Toda la pinta de haber sido protagonizado por un enfermo mental”. Ya. Y usted tiene toda la pinta de haber tenido una infancia difícil, con mucho miedo. Muy asustado de todo aquello que podía salir de dentro. Así, los actos se acabaron convirtiendo en lo que “algo con toda la pinta de haber sido hecho por alguien como yo” o en “algo con toda la pinta de no haber sido hecho por alguien como yo”. ¿Cuál ha sido su rasero de lo moral en la vida, don Francisco? ¿Por qué se empeña tanto en demostrar que el mal es una cuestión de enfermedad? ¿Qué fibra le está tocando a usted en lo personal?

“Nos hemos acostumbrado a convivir con la gente que desvaría y no somos capaces de medir su peligrosidad.”

Aquí le doy toda la razón. De hecho, algunos incluso escriben en periódicos, publican libros y tienen programas de televisión. De hecho, algunos no tienen ni idea del sufrimiento que causan con las meras palabras porque, posiblemente no tenga ni idea, pero los discursos generan realidades materiales que perpetúan exclusiones dolorosas. Y quizá esta peligrosidad sí que no tiene medida, Francisco.

“En nuestro país, la salud mental no está correctamente valorada. Demasiado a menudo decimos como una broma: «Tú estás loco», pero es que el que de verdad lo está, necesita ayuda, medicación y custodia.”

Lo único que me consuela de este párrafo es conocer de primera mano, gracias a mi experiencia laboral, que las personas que intenta usted eliminar saben que miente. Saben que habla desde el miedo del desconocimiento y el morbo perverso del vouyeur. Saben, sabemos (porque algunos profesionales también, no crea) que su reclamación de custodia habla de su propia incapacidad de un hombre para enfrentarse consigo mismo. Un hombre que se fascina constantemente (y vive de ello) con la construcción de monstruos ajenos. Parapetos como de niño que no tiene con quién jugar. La diferenciación angustiosa, la necesidad de meter a TODAS las personas diagnosticadas en custodia (ni siquiera se ha molestado usted en poner un condicional) evidencia poca consciencia de autocontrol, don Francisco.

“Hay pocos controles en la infancia o la juventud para llevar la cuenta del número de afectados por trastornos mentales y es un recuento imprescindible. Aquel brote de antipsiquiatría que puso a todos los enfermos a convivir en la sociedad produjo unos efectos no deseados que duran hasta hoy. En nuestro país hay como medio millón de enfermos mentales a cargo de sus familias.”

No, don Francisco, lo que falta es un recuento de personas que manejan conceptos denigrantes para el buen funcionamiento de la sociedad. Lo que falta, es el recuento de escritorzuelos que sin ningún tipo de criterio ético, filosófico o científico se permiten hacer comentarios que generan un corpus de des-conocimiento que afecta a la calidad de vida de otras personas. Lo que falta, en definitiva, es vergüenza, para mencionar un movimiento sin saber o explicar nada de lo que representa. La antipsiquiatría por suerte puso a muchas personas a convivir en sociedad incluso teniendo que aguantar discursos reaccionarios e ignorantes como el suyo,  don Francisco.

“Normalmente, mocetones o mujeronas imposibles de manejar a cargo de sus madres, unas señoras heroicas que día a día van quedándose sin fuerzas en una batalla que les supera.”

“Imposibles de manejar”, tal y como si fueran objetos o animales. “Señoras heroicas”, ya que, incluso dentro de su propio discurso, usted continúa rizando el rizo, desresponsabilizando a los padres, a los hombres. Cómo pensar que su pensamiento no fuese también machista, por supuesto. Una vez que se entra en la exclusión del otro, continuemos para bingo. Y, puesto que de su discurso se desprende que usted es un modelo a seguir (¿si no, por qué habría de escribir esta columna?), está claro que el humano ideal para usted es, eso, usted mismo. Que Dios nos coja confesados, que se dice.

“Y la consecuencia es que de vez en cuando hay víctimas con sangre.”

El grand finale, claro está. La palabra sagrada para las personas como usted. SANGRE. Comienza con CRIMEN, ENFERMO y termina con SANGRE. No podía esperarme menos de su prolífica prosa. Es, simplemente, éticamente, literariamente, patético.

Así que, resumiendo. Veamos sus falsedades:

1. Relaciona directamente criminalidad con enfermedad mental.

2. Relaciona crimen de persona con enfermedad mental con el ensañamiento.

3. Relaciona dedicación de las familias (responsabilidad para con sus propios seres queridos) con carga y pesadumbre.

4. Relaciona un movimiento de apertura social y científico como fue (y es) la antipsiquiatría con peligro social y amenaza.

5. Relaciona, en definitiva, la salud mental y a todas las personas que están relacionadas con ella con el asesinato y la sangre.

De manera que, por mi parte, deduzco:

1. Que usted tiene demasiado miedo de lo desconocido.

2. Que se lucra con el miedo de otros.

3. Que, en el fondo, conoce las imprecisiones de su discurso y la ausencia de lógica en él.

4. Que su discurso y usted mismo carecen de ética y prodigan una moral dudosa, reaccionaria y verdaderamente avergonzante como ciudadano.

5. Que quienes le pagan por su columna, de alguna manera, hablan junto a usted y en los mismos términos. Aunque se retracten.

Y para finalizar, señor Pérez Abellán, sólo decirle que no tiene ni idea, repito, ni idea, del esfuerzo que llevamos haciendo profesionales, familiares y personas afectadas para eliminar la basura, la ruina, que dejan discursos como el suyo. El sufrimiento que hay detrás de todo este camino. Los progresos que se han hecho. La cantidad de personas que ofende con sus palabras de trilero. Pero sepa que seguimos trabajando en ello.

Y usted, por desgracia, seguirá conviviendo con su miedo.

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La Ficción (con mayúscula), tal y como definiría Alan Moore, es aquella capaz de generar significados, alterar la estructura del juego y hacer que las piezas no importen por su forma y tamaño, sino por su función. Lo creado -la ficción- así es auténtica porque perfora el intervalo que media entre la percepción y lo que siempre va más allá, a golpear en la masa desconocida de lo que no puede saberse y el sopor lisérgico de lo que, finalmente, se etiqueta como real, como válido. Esa autenticidad tiene una prueba de validez, un sello de calidad: sucede, no puede bloquearse y mancha. Nunca es un susto, es una inquietud. No es una oleada de amor caliente, sino una sugerencia de esperanza en el futuro. No es real, es posterior a eso.

Hablemos, pues, de Homeland (Michael Cuesta, 2011), que comienza como una apariencia manida, oxidada para el espectador hastiado de imágenes que reproducen lo conocido, lo hueco, lo superficial. Volvemos a ver americanos contra árabes, agentes de la CIA, héroes de guerra, la patria, el honor, la vuelta al hogar. Volvemos a ver pin-ups maternales, hijos idiotizados y soldaditos de cristal. Todo eso está tendido, pero es una trampa.

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Porque en cuanto se presenta la carcasa, se evidencia la fantástica mentira. No se desea alargar mucho más el engaño al espectador si no es con el propio engaño del personaje, la información clasificada es aquella que no se puede controlar por parte de ninguno de ellos. Esto es, la mentira es real para cada personaje, la verdad no importa sin el movimiento que induce el engaño.

Mientras paseamos por los círculos que se van abriendo y cerrando como bocas, como fractales atrapados en una limitada red de objetivos y valores, Homeland dibuja el trasiego de dos cuerpos, el intercambio imposible –ineludible– del triángulo muerte-amor-enfermedad. En una acción paralela sublime del último capítulo de la segunda temporada, The choice, la pareja protagonista se encuentra bailando con el fuego propio y el ajeno, ad portas de una nueva hecatombe, mientras el agua y el silencio de la oración cierran el baúl del antiguo enemigo. La muerte acecha a los que danzan, como siempre ha hecho desde el principio de los tiempos, pero estos dos amantes tienen la peculiaridad de llevar el estigma sobre la piel: el retornado, por una parte y la que alarga el límite, el diagnóstico bipolar, de la otra.

Lo que nos lleva a otra de las múltiples lecturas: ¿acaso no habla Homeland de que los únicos personajes lúcidos son los que están marcados por la norma como no-pertenecientes? ¿No es una batalla contra la soledad la que libran? ¿Y no es eso que está en juego, el corolario del deseo, algo que los personajes que no están en el límite ni siquiera notan? Se hace difícil empatizar con Jessica Brody (aunque en este caso no se sabe si es por el aplanamiento a/efectivo de la actriz, Morena Baccarin), con Mike, los hijos… Sin embargo está claro cuál es el camino hacia Saul Berenson, acompañante herido de muerte de la pareja de enamorados que se atreven a transitar por el desfiladero de los círculos, de las tangentes. Saul sí sabe de qué se está hablando, qué se pone en juego cuando los cuerpos (cuerpos que por otra parte son maltratados constantemente) de Carrie y Nicholas se desbrozan mutuamente, reconstruyéndose cada vez, cada pedazo.

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De manera que Homeland es un escenario de atrezzo conocido, una enorme jaula decorada con la narración de siempre, en cuyo corazón se mueve una lucha de sujetos minúsculos que ahuyentan a la muerte como pueden, como intuyen. Y aquí es donde reside su grandeza. Porque percibimos incómodos que esa es la lucha que sucede en el interior de cada uno de nosotros, tenga esta el aspecto que tenga. Son nuestros cuerpos, son nuestras enfermedades. Da igual cuál es la piel del animal, porque estos animales se mueven y se nos parecen. Matar, vengar, amar, engañar, honrar, perder o temer. La bipolaridad de Carrie no nos es nada ajena, por mucho que nos empeñemos en alejarla y cumple una clara función en su vida como intento de resolución, aunque la sobrecarga sea insoportable. El compromiso de Brody nos es fácil de tolerar, pero sí que le entendemos. Y sobre todo, les entendemos a ambos cuando se encuentran en sus cuerpos, donde los límites están marcados de antemano, tanto que son más libres que el resto del entorno. Esos cuerpos son impronunciables. No se pueden decir. Sólo suceden.

Homeland, pues, como la buena Ficción, es universal. Y por tanto, sucede. Siempre sucede.

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