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1. Lo que sucede cuando la realidad se suspende es materia de deseo.

2. El deseo mismo, por tanto, habita en la piel de la suspensión de la incredulidad, lo forma, lo atraviesa. Lo imprime de movimiento. Hacer de la realidad algo incrédulo es la intención no siempre manifiesta del espectáculo, ya que si la presencia del objetivo fuese evidente, eclipsaría eso que llamamos magia, la sangre del artefacto. El efecto de entrever el funcionamiento del deseo resulta cemento en campo de algas.

3. Stone Junction (o en su edición anterior en castellano “Introitus Lapidus”) es la instrucción, el manuscrito, de un viaje acompañado que se actualiza en la presencia del lector, cobra vida y serpentea. La presencia de Dodge se hace manifiesta (lo que suele ser un error de escritor omnipresente, en este caso es un alivio) porque en todo momento quien lee posee la certeza incómoda de que le está siendo mostrado algún tipo de secreto, un mensaje entre líneas que acampa de alguna manera sutil y deliciosa.

4. En Stone Junction hablamos de confianza. Hablamos de la posibilidad de que la realidad siempre sea algo distinto a lo que ocurre, no por inconformismo o inmadurez, sino por la propia base ontológica del ser, del cuerpo. No queremos que los Reyes Magos vuelvan, queremos volver a poseer el deseo de crearlos. Nombrar la cara oculta de la luna no cuestiona su presencia real, sólo la acepta y la utiliza en el beneficio del denominador. Eso es Stone Juction. Para eso, usa el Disfraz.

5. El Disfraz, en Holy Motors, es el poema. El poema se alimenta del deseo, el esqueleto es tan volátil que gime incomprensible en la mayoría de las ocasiones, se tambalea borracho por los recovecos de la catedral llena de columnas, pero reconocerás que en el encuentro surgen chispas que no son comprensibles de necesidad.

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6. Holy Motors (la película) trata sobre el esfuerzo del espectador para aceptar la renuncia a la incredulidad. Holy Motors (el concepto) trata sobre el esfuerzo del ser humano de aceptar la renuncia a la ilusión estática de la presencia corporal. Y sobre todo, de cómo se revuelve para intentar superar algo que a sí mismo le supera, preocupado por bailar con sus máscaras mientras fabrica, produce, hace y deshace sin apenas descanso. Trata, pues, sobre el deseo. Y qué mejor metáfora que el mismo cine, acciones de deseo llevadas a cabo por personajes que se mueven para deleite del espectador. Apoteosis vicaria. Como siempre, sólo que ahora, lo sabemos con más minuciosidad en el detalle.

7. Debe haber un puente, una coma, un fotograma que se encuentra oculto en una cueva, dentro del estómago de un león, que está en el estómago de una ballena, que está en el estómago de una tortuga gigante que yace dormida a su pesar. Debe cruzarse ese puente con el acto mismo de la escritura, recuperar el pulso ancestral de todos esos animales a través del gesto de la creación. Parece estúpido. Pero es materia perceptiva. Magos y forajidos. La linterna mágica. La evidencia de la certeza de que, desde el otro lado, debe suceder todo aquello que a este lado no es percibido. Sólo (¿sólo?) es necesario el esfuerzo de construir la posibilidad, el espacio de sucesión de lo narrado. De la tierra a la luna en unos minutos, pasando por la renuncia a una madurez mal asumida, sin callo, sin templanza. Holy-Motors-Motion-Capture

8. El camino del escapista, del alquimista, del tahúr, es el del que se ha comprometido con el arte de la sombra, el jardinero de lo que no sucede a la vista. Stone Junction es un manual de aforismos expandido, con la dulzura de un pastel infantil y la sabiduría de la boca de un viejo, que se olvida, que se elude, pero que aparece como el final de un camino que siempre está en construcción. Además, en su Disfraz es una novela divertida, conmovedora. Dan ganas de hablar con los demás, con los humanos, conociéndonos múltiples, eludiendo ser el centro de nada, cuando la nada es lo único gratuito a lo que no queremos acceder. Una novela que invita a la comunicación universal.

9. Holy Motors es un paseo sobre el espectáculo, lo orgánico y los restos que dejamos sobre lo que vamos construyendo. Un lamento replicante, ante la nueva venida de su versión parricida. Todos replicantes, todos embebidos en el Disfraz. Por eso incomoda en ocasiones, porque la poesía está Disfrazada y eso, en ocasiones, molesta. Vivimos en la certeza científica, ¿no es eso? Igual la única certeza es la del Disfraz.

10. Dos propuestas, por tanto, que hablan de lo bello y lo siniestro. De los dos lados de lo transitable. Ese cuento de hadas en que había dos caminos, uno fácil y otro difícil. Uno oscuro, farragoso y otro diáfano, luminoso. ¿Cuál escogías? ¿Te surge la duda? Esa es la razón del deseo: la razón reconocible de toda duda que anida en el poema.

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Stone Junction en su edición española, aquí

Holy Motors, ficha de IMDB, aquí

Un ser humano jamás se define por aquello que los demás dicen que es. He aquí una de las pocas verdades que me atrevo a afirmar. Una verdad teórica que se comprueba gracias a acontecimientos como tu vida, Julio.

Me acaban de comunicar que el cáncer se te ha llevado con apenas cuarenta años. Pasaste por nuestro Servicio Prelaboral como cliente y yo te conocí estando allí como profesional. Los que pudimos escucharte, los que intentábamos entenderte al margen de lo que hubieras hecho en tu vida o de tu sintomatología (no te creas que es tan fácil, ya sabes que los prejuicios son moneda fácil), sabíamos las ganas que tenías de cambiar algo que, según tú, había sido un error durante demasiado tiempo, tu vida, los caminos torcidos. La incomunicación. Parece mentira. Siempre acusaste la incomprensión del otro, del compañero, del profesional. Y siempre llevabas razón.

Tenías tu manera de hacer las cosas y no siempre se te entendía. No siempre (casi nunca) se tenía el tiempo para escucharte de veras. Pero desde la posición más honrada y honrosa que he visto en una persona supiste ganarte tu lugar. Tu plaza en este momento, en el aquí y ahora. Apostaste por vivir de nuevo, con el conocimiento de la veteranía.

Así que saliste, a pesar de los profesionales que te rodeaban y te decían qué hacías mal y qué hacías bien (con el juicio dudoso de quien no tiene voz ni voto en la vida de nadie), las tutelas, las tutorías, los diagnósticos, las burocracias, las imposiciones y las falsas apuestas acerca de tus posibilidades. Tiraste para adelante a pesar del miedo a la recaída. A pesar de los silencios. A pesar de todo eso, seguías intentando comunicarte con el mundo que no siempre te esperaba. Era tu ritmo, ¿recuerdas?

Al menos tuve la suerte de poderte decir antes de que te fueras que lo que hacías, lo que escribías y dibujabas era absolutamente sublime. Era real. Y tan alejado de las basuras que se mueven por los mercados, por los artisteos, las posturas prefabricadas. Era la palabra escrita y su demostración. Julio, en otra partida, si las cartas hubieran estado de otra manera, habrías sido muy valorado como artista. Y lo mejor, es que bajo esa sonrisa lateral, tímida y auténtica, los dos sabíamos que ya lo sabías. Me quedo con eso. Por eso siempre diré que el arte, la cultura, la belleza, es nuestra. No es una narrativa externa, a pesar de que pueda parecerlo. Tú me lo demostrabas, insistiendo, repitiendo, renunciando. El sistema no sabe de esto. No sabe de las hormigas. Al monólogo de la psiquiatría se le olvidaron hace tiempo los hombres y las mujeres que utiliza para desagravarse del peso del mundo.

De manera que, como despedida y recuerdo, quiero que sepas que me enseñaste a entender que la negativa puede ser un grito de dignidad, que el miedo de los profesionales a sí mismos es la peor de nuestras debilidades. Que respetar el tiempo de otra persona puede ser un paseo lleno de aprendizajes. Que se dice más con una mirada que con cientos de palabras proyectadas sin sentido sobre el otro. Y sobre todo, que se puede volver a comenzar. Porque aunque todo esto haya terminado demasiado pronto, había una certeza en tu mirada, cada día, cuando nos saludábamos o nos despedíamos, cuando me traías tus poemas sólo para que los leyese.

Sabías que lo habías conseguido.

Descansa en paz, artista.

Los que te conocimos, otra gran verdad, no te olvidaremos.

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Si hay un tema transversal en referencia al actual sistema sanitario, educativo y laboral es el de la eficacia, ese concepto malcriado y vacilante. Término adoptado como lanza ígnea, significante equiparable al famoso “los violentos”, acude al rescate de la imposición de medidas y decisiones sobre el trabajo, la salud o el futuro. Hablamos pues de valoraciones de resultados en función de su eficacia:

  • de la administración de medicación (psiquiátrica y de otros ámbitos) y de los éxitos de los tratamientos
  • de las dedicaciones profesionales (la gestión del tiempo, la gestión del estrés, la gestión de prioridades…)
  • de los conocimientos de un alumno
  • del rendimiento de un trabajador cualquiera, en cualquier ámbito

Y hablamos de valoraciones basadas en parámetros supuestamente objetivos de eficacia que, todos podemos si no saber, sospechar, de objetivos no tienen nada. Uno de esos grandes parámetros es la comisión de errores.

Leyendo el magnífico ensayo de Sennett sobre la artesanía y su presencia decisiva en el momento actual -ya que no podemos evitar estar rodeados de las cosas que producimos-, surge esta pequeña reflexión, que Sennett pone en boca de John Ruskin, escritor inglés del XIX que abogaba por el trabajo artesano frente a la dominación mecánica:

Un trabajador (…) [artesanal] está dispuesto a perder el control de su trabajo: cuando las máquinas pierden el control, se averían; cuando las personas lo pierden, hacen descubrimientos, tropiezan con afortunados accidentes. (…) Ruskin inventa su figura de un dibujante que ha perdido momentáneamente el control de su trabajo:

“Puedes enseñar a un hombre a dibujar una línea recta, a trazar una curva y a moldearla… con admirable velocidad y precisión; y considerarás perfecto su trabajo en su estilo; pero si le pides que reflexione acerca de cualquiera de esas formas, que vea si puede encontrar otra mejor de su invención, se detiene, su ejecución se hace vacilante, piensa, y lo más probable es que piense mal, lo más probable es que cometa un error en el primer toque que como ser pensante dé a su trabajo. Pero con todo eso has hecho de él un hombre, cuando antes era sólo una máquina, una herramienta animada.”

“El artesano”, Richard Sennett, 2009, Barcelona, Anagrama.

Huelga decir que el texto continúa y que participa de otras consideraciones en torno al enfrentamiento entre máquina y humano, pero me interesa especialmente como pequeño acicate para reflexionar acerca del error. Porque, tal y como comentaba al principio, estamos ahogados en un paradigma de eficacia casera, de botiquín. Una consideración y evaluación de la eficacia que es impuesta por cualquiera desde una éticamente dudosa posición de poder (no es necesario más que un conocimiento sesgado de la materia, ya hablemos de pacientes, personas, puestos de trabajo o escolares) y que es tatuada sobre cualquiera, algo que no es sin consecuencias.

La eficacia que conocemos, la mayoritaria, radica su perversión elemental en estar basada en paradigmas cuyo centro es la enfermedad, el síntoma, la dificultad o la carencia, en definitiva, se trata de un paradigma centrado en la falta. Y no lo hace para suponer una mejora en cuanto a la propia falta, sino para que el beneficiado sea directamente, y en primer lugar, el instrumento del impositor. Es decir, en consonancia con el texto de Ruskin, se podría decir que el paradigma de la falta fabrica herramientas animadas eficaces (no facilita que sucedan procesos humanos con error, por supuesto) que sustituyen procesos naturales de creación, invención y construcciones propias de un sujeto pensador. Dicho de otra manera, en un paradigma de eficacia no hay lugar para el error, ergo no hay lugar para resoluciones humanas que no vayan encaminadas hacia un beneficio directo de la fuente de la propia medida eficaz. La idiosincrasia de la eficacia es, pues, un aumento del caudal (o lo que es lo mismo, del poder, consecuencia directa) de aquella parte del sistema que ha impuesto la medida, no de aquel que la desarrolla sobre y a través de sí.

El paradigma de la eficacia, tal y como se está desarrollando, genera sujetos que producen (síntomas, arte, labores, objetos) para algo o alguien que no los considera sujetos, sino meramente productores. Por eso el error no tiene cabida.

Además, para esta “eficacia”, nunca es suficiente.

De esta manera, se entiende que se confunde eficacia con ahorro, ahorro en esfuerzo por una de las partes, ahorro en evaluaciones posteriores, desinterés lapidario por las consecuencias a largo plazo y, sobre todo, por los motores humanos que desarrollan esas medidas asépticamente diseñadas.

Durante la práctica de mi trabajo como terapeuta en salud mental he podido decenas de ejemplos de la angustia frente  al error de aquellas personas que, diagnosticadas, entran en una espiral en que todos los agentes presentes obligan de alguna manera a que no se pueda equivocar. Patrones erróneos, conclusiones erróneas, conductas erróneas, todo es erróneo y parece que ha de ser eliminado. El error, difícil de reconocer históricamente para el ser humano, se convierte en salud mental en un extra que el sistema no quiere permitir. Esta situación es extrapolable en otros sistemas además del sanitario, como podemos fácilmente suponer.

Nos queda reivindicar el error, por tanto, devolver al humano lo que es suyo y le ayuda a crecer, por sí mismo, por derecho propio. Hacer es equivocarse.

Larga vida, pues, al error.

Imagen: autómata construido entre 1768 y 1774 por Pierre Jaquet-Droz

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¿Qué es la terapia? ¿Qué es terapéutico?

Cuando los medios promocionan trabajos como Echolilia se tiende a enfatizar la parte “terapéutica”: el acercamiento, en este caso, de un padre (Timothy, fotógrafo) al autismo diagnosticado de su hijo Elijah (diagnóstico que el propio Archibald pone en duda, a menos en la rigurosidad de la nominación). Pero quizá es una forma de perderse en lo moral, en una especie de alivio porque alguien ha alcanzado algo que el resto no puede. El impacto emocional de las historias de superación, ese lugar común donde van a parar tantos y tantos proyectos que, en realidad, perseguían objetivos más profundos y personales que lo que el espectador recibe de ellos. Quizá, si nos dejamos llevar por el trazo emocional, nos estamos perdiendo un porcentaje fundamental del valor de autenticidad de este proyecto. De manera que la propuesta es entender la terapia (en concreto del “otro”, si hablamos de proyectos a los que asistimos como espectadores) como algo más que un resultado del que estar complacido por simpatía.

Así que, en ese sentido, digamos que todo esfuerzo por establecer comunicación con el otro se trata de arte y, de alguna manera, en relación a un malestar podría establecerse como terapia. Por tanto, sí, hablemos de terapia y arte, pero porque estamos ante un despliegue hermosísimo de un acompañamiento mutuo, de una verdadera pareja artística que utiliza las herramientas para comprender (¿acaso no comprender no es ya un malestar en muchas ocasiones?), regalando al ojeador el espectáculo de sus dinámicas fotográficas.

Comenta el propio Archibald que las imágenes del proyecto son una colaboración con su hijo y que, por tanto, se trata de un reportaje sobre una relación, su relación. Las decisiones se toman en conjunto, las elecciones, los resultados. La realidad se conforma en una nueva narrativa (no en vano, el lema del proyecto es “Sometimes I wonder”) que permite nuevas posiciones en relación al eco de algunas acciones cotidianas, apropiaciones de la identidad, de los objetos, una suerte de puntos de encuentro con aquello que, en ocasiones, es tangencial e incomprensible para ambas partes. Se juega, pues, detener el instante de la repetición para poder asimilarlo. En un mundo-arteria de movimiento incesante, la fotografía vuelve a demostrar su capacidad de reclamar el espacio y el tiempo.

Echolilia, por tanto, es un ejemplo de lo que podría ser un movimiento multiversal de pareceres, una ramificación tras otra de distintas entradas perceptuales: consideraciones sobre la misma vida que parten de diferente posición (¿acaso no siempre lo hacen?) y se encuentran a través del ojo túnel-espectador de la fotografía.

Video presentación de los autores, aquí

Página web oficial, aquí

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Marina-Abramovic

1. De padres militares, héroes de la Yugoslavia de Tito. Frente a esa herencia del fetiche frente a la carne, Marina expone su mejor arma: su cuerpo. Elige la performance como disciplina principal.

2. Una retrospectiva sobre su obra debe ir más allá, ella quiere forzar la máquina. Demostrar que el tiempo del arte es irreal. Simbólico.

3. Aplica la marcialidad de su herencia en su desarrollo artístico. Se coloca en una prueba de resistencia física, donde el drenaje es emocional para el espectador. En realidad, en la performance real, siempre lo es.

4. ¿Es toda expresión arte? ¿Todo arte es expresivo? ¿Cuántas veces se escucha esa pregunta?

Es el último día, la situación es la siguiente: la artista se encuentra realizando la performance que da título al documental, una titánica empresa que consiste en sentarse durante toda la jornada en una silla con una mesa (aunque la mesa se retira en la última etapa de la exposición) sin ausentarse, dispuesta durante tres meses a mirar en silencio a toda persona que se siente frente a ella. El tiempo lo decide la propia persona, aunque con restricciones acerca de no tocar, no hacer movimientos extraños, etc. Por su parte, el compromiso de Marina consiste en no levantarse durante toda la jornada, sin comer, sin ir al servicio. Todos serán atendidos hasta el horario de cierre.

Las personas van pasando, como los días. La voz se corre, los que aún no sabían de la experiencia, van oyendo. Los que la han vivido, tan simple, tan emotiva y conmovedora, repiten o esparcen la palabra al resto de los visitantes. Así que, cuando quedan pocos días, las colas para poder asistir se endurecen. La seguridad ha de incrementarse.

Hay una chica, una performer, como ella se denomina. Comenta que, precisamente, esta exhibición es la que hizo que se interesara por esta disciplina artística y que, de alguna manera, estar haciendo cola y asistiendo ya es en sí una performance.

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Así que decide que, cuando le toque salir frente a Abramović, se desnudará. Decide hacer una performance dentro de la performance. Y ahí es donde se rompe el juego. No puede haber arte en su expresión, ya que sólo es una eyaculación de sentimientos sin una guía, sin un contrato con el espectador ni con su propio compromiso interior. Ha hecho esfuerzos, pero son en un plano tan realista (hacer cola, dedicar su tiempo), que no ha podido acceder a una creación verdadera, a algo verdaderamente real y simbólico. Es decir, no hay arte, porque no hay creación, sólo expresión.

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5. No toda expresión es Arte. Menos mal.

6. El arte, para que suceda, se despliega en torno a una serie de reglas, aunque sólo sea para romperlas, pero siempre está referido a ellas. Así, la principal regla de la performance es su compromiso con la realidad, su objetivo, explícito o implícito. Su aura poética como combinación de símbolos en complot, simpatía o aversión con el espectador. Es un arte del cuerpo hacia la modificación. La palabra es movimiento, pero el movimiento debe llevar ruptura con el simbólico del espectador.

7. El espectador no es artista por el mero hecho de interaccionar con la obra. De igual manera, cabría decir que cada vez somos menos espectadores, acercándonos más hacia la mera observación de la imagen. ¿Dónde nos lleva esa pereza?

8. ¿Hay arte en la performance de Marina Abramovic? No hay más que observar la rigurosidad de la ejecución, el efecto que produce. El universo que modifica. Las reglas en que se forma. Está en el sitio que proporciona la posiblidad para que lo sea, se desarrolla de la manera idónea.

9. ¿Es una diva? Sí. Desea ser observada. Pero es su elección. Lo ha estado eligiendo toda su vida. Podría haber sido militar, mujer de otro, cuerpo sometido. Decidió mostrarlo, regalarlo. Luchar por medio del arte, día a día. Sostenerse a través de él.

10. El silencio. El tiempo. El cuerpo. La obstinación. El esfuerzo. Todo es una cuestión de elecciones.

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Ficha del documental

Fragmento de la película con el último día de la perfomance

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12-29-2011 Following the hearse to Jen's burial

Alejarse de los tópicos sobre el Arte es entenderlo, con mayúsculas. Frente a la pregunta de qué es eso tan escurridizo del Arte, no hay más que remitirse a las pruebas: es aquello que el ser humano es capaz de hacer, que conmueve los cimientos de una concepción propia de la realidad, realizando la capacidad de albergar en su seno -en el interior de lo producido- lo oculto, lo oscuro, lo insostenible. Es la telaraña de Spiderman. Los tentáculos del Dr. Octopus. Las garras de Lobezno. El Arte es, sin duda, un arma personal y absolutamente transferible hacia un otro y el yo mismo que es nuestro propio Otro (ese del que se sabe, pero nada se sabe), esta es su razón de existir.

Así que, como comentaba, a las pruebas me remito. El proyecto que se presenta en esta entrada del blog no necesita de más palabras. La evidencia de las posibilidades del arte, en este caso, la fotografía, como herramienta de construcción y flujo capacitor de contingencia, como dotación de control de lo insostenible, es diáfana, luminosa. La producción conmueve por su sinceridad, por la luz de la constatación de un esfuerzo en contra de una corriente insoportable. Este resultado nos brinda algo que no todas las personas podrán decir de sus obras: una asunción narrativa, una deconstrucción de la adversidad que deviene en respeto, sea cual sea la matriz en la que la realidad continúa sucediendo.

Más allá de la moral, en brazos de la definición más hermosa de la ética que se pueda plantear, la de la responsabilidad, el magnífico trabajo personal y homenaje a otro ser humano, a una relación, a una concepción determinada del amor y el acompañamiento. El proyecto pre y postmortem del fotógrafo Angelo Merendino.

Una historia de Arte.

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Fuente oficial, página del proyecto, aquí. Facebook, aquí.

Visto aquí (gracias a Furiamag por el enlace)

1.Si dejaste de ver Arirang sin llegar hasta el final, no sigas leyendo. No hablaremos en el mismo código. No importa, él ya contaba con esto. A veces enfocar sobre uno mismo puede molestar a una parte de los que te miran. Eso ya se sabe cuando se hace algo como esta película.Captura de pantalla 2013-04-06 a las 19.08.05

2.Película, que no documental. Arirang es una creación particular, una narración inventada, situada por encima de los propios pasos de quien no puede vivir la vida de otra manera más que narrándola. De aquel que agarra a su personaje por el cuello y le cuestiona su propia sangre. Un parto de invenciones, una cabaña sagrada repleta de maneras de hacer café. Infusión. Perfusión. Ósmosis.

3. No necesitas saber la historia de la canción Arirang para entender qué significa ver a Kim Ki Duk llorándola. No necesitas saber quién muere en esta película, porque lo sabes de sobra. No necesitamos saber quién llama a la puerta, porque no podríamos nunca abrir. Nunca se puede. De hecho, la vida se basa en no poder acudir a esa llamada, bajo ningún pretexto. Sólo se puede pretender su eco y su repetición.

4. La cabaña está plagada de pequeñas invenciones que no son nada, sólo infusores de café. Sólo sitúan al personaje al borde de ese agujero negro que es el abismo líquido del cotidiano. Atrapado en la nieve, el dálmata del café que se derrama en tu estómago, nieve por dentro, nieve por fuera. ¿Qué pasa a través de tus poros, Kim Ki Duk? ¿Qué está atravesando este soliloquio, anidándonte en esta especie de limbo del artista? ¿A qué sabe?

5. La electricidad es omnipotente. Nuestro director sabe que no puede vivir sin ella. Es un hijo de la electricidad, como todos nosotros, como los que leéis estas líneas. Como los que aman el cine, los que fabrican a través de él, interpelando la retina con las imágenes que, obra y magia de la electricidad, impregnan lo real de escarceos amorosos con el multiverso de lo posible. Así que esa es tu trampa, KKD, tener una llave que abra la puerta por la que se puede escapar, un portal electrónico. La separación con el personaje es efectiva, gracias a la electricidad.

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6. El triple diálogo, en la dote del fuego, seudónimo eléctrico en este caso. Aportando un espejo, el personaje se desdobla, se triplica, se habita a partir del deseo de comprender y de la necesidad de la explosión controlada. Nuestro Hulk coreano nunca acaba de nacer, si así fuera, no necesitaría estar construyendo esta celda de cristal. Parece que, si estamos viendo la consecución fílmica, la pelea acaba bien. Aunque habrá muertos, serán de los malos. Lo terrible es otra cosa, no lo que se está mostrando.

7. Lo que se oculta es lo terrible. Está en cada silencio de esa habitación y no puede matarse, por eso no se muestra. Uno puede hacer el camino simbólico hacia donde se encuentra aquello que hay que eliminar, uno puede escapar con estallidos, pero en la cohabitación con el silencio está aquello terrible de veras. A golpes sobre la puerta, detrás de nosotros o en la oscuridad de esa carretera que puede oír a tu personaje gritando la canción de guerra en sordina, ahí se oculta. Fuera de las posibilidades artísticas, fuera del film, del guión. Fuera, siempre está tan fuera que está demasiado adentro. Valga la paradoja y el tópico, esta repetición siempre lleva un lastre de verdad.

8. Arirang es una película sobre la culpa y la necesidad de entender. La filmografia entera de Kim Ki Duk lo es. Esa piedra que algunas culturas prefieren cuestionar, entender, y otras, simplemente depositar sobre un otro. Esa piedra que se puede llevar, inevitable, que una vez respetada y expiada se puede cargar a los lomos de un personaje, cargar en una pistola artesanal. Disparar hacia el cristal de la noche.

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9. Para finalmente entender, ver lo que sucede cuando se observa al personaje que es uno mismo. En el llanto de Kim Ki Duk vemos la liberación por la simbolización que proporciona el arte. La experiencia de narrar, de metanarrar para coger desprevenido al propio rastro de lo desconocido incognoscible. Ese saber, dicen, que no se sabe. Pero se intuye bajo la piel del disfraz. Al menos, su peso y, por ende, su liberación.

10. Supongamos que Arirang es, como muchos dicen, un fraude. Una masturbación megalómana de su director. Supongamos que Kim Ki Duk no es ese hombre que parece no saber vivir fuera de la narrativa que crea y le devora, que ha de narrar sobre la propia narración, en un metaejercicio de capas que ejerce de separador simbólico en un aplastamiento de corazón a causa de la culpa. Lo dicho, seamos un minúsculo diablo criticón (que se siente permanentemente insultado por lo que no entiende) y privemos a esta película de su verdad oculta. Atrevámonos a dar la razón a los que la consideran una apabullante tomadura de pelo. Y aún haciéndolo, aún así, habría valido la pena. Porque la narración es esto, la acción de sembrar y lo que germina, una posibilidad que se multiplica en la mente del otro, sea la intención del autor que sea. Qué importa de dónde partió, si puede llegar a conmover nuestro propio lecho de lodo, aguas y barro. Qué importa si no fuese real, si fuese un fraude. Si su llanto no fuera cierto. Sinceramente, no nos importa. Porque quedó ahí.

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Y crece.

 

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