El camino que mitifica la huida también representa el regreso. El camino atrapa como a moscas a los nudos de toda una existencia, perlando aquello que envuelve: piedras bajo el manto. Orografía de significados.

El camino, su pauta, parece relegar la elección a unas posibilidades sobre el terreno que comprenden los límites, los márgenes, la dirección que se prolonga más allá del paso inmediato. Esa senda en que el sujeto procede a suceder, es el conjunto de las zonas que comprenden la acción: su exterioridad y el contenido de su interior, los límites dibujados y todo aquello que se sabe y acompaña pero no puede ser simultáneo.

Pero de quien camina es el derecho a detenerse y habitar cualquiera de estas zonas. Decidir desde el silencio es el patrimonio incuestionable del individuo que transita. Camino técnico, antroponatural, a fuerza de civilización considerado referencia para los diferentes puntos a los que se ha de dirigir, a los que se llega: la metáfora del control del sí mismo en el desplazamiento, caminar para no estar muerto, caminar porque no se está muerto. De manera que, en la ruptura del vector de la senda que está indicada per se, aparece la contingencia de la decisión y la estupefacción de la metamorfosis. En la clarividencia de la similitud del claroscuro de las zonas que se perciben está la calma. La paz. Sometidas ahora a la fuerza de quien se nombra transeúnte y ejecuta sus acciones. Todas son posibles.

Hay que nombrar a los personajes del camino. Hay que narrarlos y decidir que serán narrados. Hay que volver a pensar en que el único límite distinguible siempre está atrás, disfrazado de marca, desnudo como el fantasma que es entre los cuerpos de los descartes infinitos.

Por delante el camino es otro, el otro, es legión. Es un abismo que ha de ser.

Aquí está, ya, el camino.

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(c) de la música: Max Richter

(c) de la imagen: Hollis Brown Thornton

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El niño crea con sus manos un universo inalcanzable para el adulto, demasiado cercano, demasiado oscuro. Demasiado poético. Por eso el gigante convierte a los niños en su propiedad, huyendo hacia dentro: desde el miedo desmesurado al recuerdo de lo que fueron aquellas horas, aquel viaje atemporal en que el peso de la atmósfera descargaba sobre los materiales.

La necesidad de control, de cosificación del niño, responde a la urgencia de estabilización de una mente -la adulta- generalmente aterrada por el vacío de la creación. El gigante está instaurado en un bisturí disfrazado de confort, consorte de la repetición, la inmovilidad y el desgarro del aburrimiento.

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Para los niños, jugar es una razón de ser. La imposibilidad de jugar en el principio, como dioses, creando desde el vacío, alumbra un futuro terrible. La imposibilidad de continuar el juego después, cuando crecen los huesos, los órganos y la queja, augura un futuro asumible, pero desgraciado. Un continuar sin narración, sin la posibilidad de desencadenamiento autónomo del propio acontecer.

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El acto creativo propio -no sólo su observación- construye la posibilidad de una nueva instancia de renuncia y una nueva exposición a las perturbaciones. Una rama más. Un fractal. El establecimiento de conexiones con el entorno y con el entramado interno. Jugar, crear: un nuevo grano de arena, o una tonelada, en el pozo. Ese pozo que devora su propia luz desde el principio de los tiempos.

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Acompañar a la sombra. Cuando jugar no daba miedo. Jugar, los niños lo saben, siempre es una cuestión de contrarios que se aman tanto como mayor es su odio. Es pura dinámica en la que las cosas suceden.

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Y ahí está la presencia. Más allá del deseo particular, la mirada del otro aparece como la posibilidad del eco desconocido.

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El proceso genuino de creación artística es la honrosa continuación del juego del niño. Es el placer del control, la sorpresa y el movimiento. Es ejercer la narrativa propia como elección descriptiva y perceptual, activando un proceso de descubrimiento que requerirá esfuerzo, sufrimiento y energía, como todo lo que importa realmente.

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El miedo a lo impredecible es una enfermedad que viene con la madurez, el reverso podrido de la investigación creadora. Ese miedo es el precio que hay que pagar por eludir ingenuamente al caos, convirtiéndonos en el cordero que ya somos. Sin embargo, en el juego del niño el desorden es abrazado dentro de la regla, es la aceptación incondicional de la esencia humana: la reconversión permanente del error. La introducción sagaz del imprevisto, su doma y asimilación.

No va mal, de vez en cuando, recordar cuánto de bello y siniestro hay en el juego infantil. Cómo se alimenta de verdad propia, quizá la única que puede recibir ese nombre en medio de la relatividad inherente a la realidad. Y recordar porqué tenemos miedo de los niños. Qué será lo que nos hacen recordar. Qué lección nos están dando.

Fotografías de Mind Game, de Julie Blackmon. Página oficial aquí

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Otto Steinert, Boulevard St Michel, Paris, 1952

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Marcel Duchamp ~ Minotaure no. 6, 1934

 

Quizá al fantasma del pozo le atrae la concreción del agujero negro que, boca o vórtice, alimenta las profundidades nutridas en ambos sentidos. El uno y el otro, borde y no-contenido, secuestran la ventaja de lo que es tangible, inaugurando el paso de las sombras como un flujo continuo. Es en esa dificultad de encontrar el cuerpo-carne más allá del dolor donde aparece la certeza del cuerpo geométrico, el cuerpo de Lo otro.

Como alternativa a la mirada que cae hacia el centro del agujero, la posibilidad de la ausencia se soporta a partir de la vibración del límite mismo, como en la aparición del sonido en la copa de agua, circunferencia de cristal, hábilmente acariciada.

El círculo que duele porque es uno. La añoranza de siempre, el ideal de la unidad perfecta, el modelo que ha consolado el afán redentor de la carne.

En el quebrar de la forma, lo que atraviesa es vector perpendicular necesitado de sí para traspasar el umbral del plano que lo conjuga. Mientras el límite del círculo es tan concreto como vértigo (los antiguos lo sabían) el límite del cuerpo que lo observa, allá donde éste se dirige, se encuentra dibujado contra el espacio habitante, desde su indeterminación de carne-espíritu que tiembla. Inaccesible a la razón, imposible de tocar y preñez de incertidumbre. Es en esta intolerancia científica donde aparece una razón virtual de intercambio perverso: lo que no es dado es susceptible de suceder, antes, ahora y siempre.

El significante se desdibuja en el apareamiento de la forma, comprometiendo al encuentro de la carne. La carne siempre se encuentra en la producción transformada en la materia; está implícita en el encuentro que le piensa, no en el acontecimiento que allí es escogido en virtud del tiempo que designa ese ahora infinitésimo.

Así que tenemos un concéntrico que acometer para millones de fantasmas. Un corral de cuerpos inasibles. Hay sitio para todos: laberinto de significados que no desean pertenecer a nada en concreto. Más allá de la nominación del encantamiento, el fantasma cae por enésima vez. Así cobra valor su presencia.

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Créditos:

Fotografía de Otto Steinert, Boulevard St Michel, París (1952)

Waiting, de Dan McCaw

Minotaure nº 6 de Marcel Duchamp (1934)

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A la de tres y aparece el grito.

La ceguera y el estertor, el grito como la constante que emerge del vacío repleto de fauna. Orden del infante, del adulto y la vejez. Orden del sagrado corazón de la bacina repleta de miasma.

El payaso que se avecina, con los pies sobre la línea que pasó de largo. La tangente de tus pasos, Ledger, que sabías entretejer los dedos con la canícula del borde, tan absorbente. Tan cerca. Pasó de largo, como esos trenes que nunca paran y parecen que van a descarrilar. Tú nos enseñaste que el corazón de la bestia es un fantasma al que no le basta el vacío para aullar. Se expande, como un gas autónomo al que no se le pregunta, sólo se le teme. Se restriega con tus paredes, como una radiación, el grito que se mece en los labios pintados del Joker, bamboleándose como un dios en el bosque. Al acecho.

Tú estás aquí, susurra Kolb, estás para mirarme. Ya no soy sin el fantasma. Ya no soy sin que puedas admirar mi resto y adivina qué: escondo algo entre mis manos. Sólo alguien que camina puede pararse a ser mirado.

Pero al final, alguien tendrá que gritar, dice Bacon. Alguien tendrá que evacuar la ceguera que protege a los hombres, porque el dolor está bien considerado, la enfermera sabe de dolor. Y la prueba está cerrada aquí, de ojo a ojo, de intromisión a intromisión.

Los otros han visto y el ojo de la que cuida ahora es el objeto que es mirado, porque el agujero es el ojo y el agujero mira, el túnel se ha vuelto uno con el acontecimiento. El grito choca entre todas las paredes, porque está aquí para quedarse. Para ti han muerto el resto de los instantes contingentes.

Humano, bipedestación y permanece.

El fantasma ocupa los límites que el deseo no puede sostener.

El aire exhalado por ti como broma que trasciende.

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Fotograma de Heath Ledger como Joker. Biografía

“Discreetly mine” de Marianne Kolb. Web

“Study for the nurse in the Battleship Potemkin” (1957) de Francis Bacon. Biografía

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El ciborg se vertebra sobre una ley, mitad y mitad, inmisericorde porque se aloja en el engranaje rectilíneo y par de los bordes del abismo, en la militancia entre planos, beligerante guerrero metagénero. Cuando un humano gime, el interior arde, exponiéndose a la luz como manojo de hematíes, es el ciborg, que aúlla encontrándose desterrado.

A pasos de gigante, los sujetos y sus máscaras avanzan y desandan los caminos, el horror se abre camino en calles que también adolecen de lo orgánico y su objeto ininteligible, del negro profundo de sus miserias, cuando la indiferencia estorba y es desalojada a golpes, apenas una vía del rastro seguro de sí mismo, el ciborg es humano y cae.

Ruedan sus ojos y dejan el rastro de un céntimo de alma.

Al albedo del monstruo, a través de la advertencia, el trazo que todo lo cierra, todo lo abre. El comienzo de la luz que se niega a no regurgitar un símbolo, una seguridad roja y enorme, que deviene terreno pantanoso donde los rebeldes quedan atrapados en una trampa de dedos china para cuellos de serpiente. El ciborg saborea el último golpe y sonríe: la energía inunda una parte obscena de sí, de sus circuitos.

Y lo siguiente será, como un rayo en el espectro certero, una entrada que se cierra para nombrar el interior del vacío, una obturación sagrada del sufriente en la ambivalencia de los silencios contenidos. Una explosión de rabia como nunca han visto los catadióptricos de la humanidad, dualidad mediante: construcción sobre la ruina. La rebelión.

Alrededor de la ciudad, agujero límite, la responsabilidad de los actos mira hacia una diagonal implícita en el altivo timbre de la cabeza del caballo.

El fantasma, su albedo, gotea sobre el brazo, en alarde del humano que desde el gesto clama por su agonía, pero que finalmente se limita a señalar el camino: luminaria de niebla. El trote. El olor. El aullido.

Extrusión de los alientos del silicio de esta edad. La jaula como muchedumbre. La duda como carne.

Que es cúmulo en este nido de nubes, óxido y miasmas.

Hay que mirar dentro del pozo. La muerte parió la madriguera. Impelidos a actuar en legítima defensa.

Las armas éramos nosotros, la humanidad y sus cuatro vientos. No hay puertas en esta ciudad porque nada se puede esconder. Viene el hambre, berreando.

Seremos, pues, la empalizada.

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La masa roja. La masa blanca. La masa negra. La masa gris de la noche que es la madre de los engendros y las partículas indivisibles. La masa y los flecos que son las tibias y pies –calcetines tejido posthumano- que conforman el núcleo de un solo ser con múltiples cabezas y cada una de ellas alimentándose a raíz de su propio estar aquí, ahora, no alumbrando sino punzando el instante con sus deliciosos estiletes, a paso de hidra y sed de condenados. La necesidad, abierta de piernas en hilera de dientes del mastodonte. Tres multitudes, la de las sombras, la de la luz y la de ese pastiche intermedio que es lo humano, escondite de la muerte y el fuego.

Alguien que señala es el espectador. Y como tal, no tiene derecho a la muerte, porque es un ser-en-mirada y lo que mira no puede desaparecer. No hay posteridad más allá del dedo que señala. Pero los demás, los espectadores que portan las cabezas de los fuegos ancestrales, esos, están llamados a morir ahora, ya lo hicieron mientras encendían los universos mínimos aquí, por las enmiendas de lo que se muestra. Por no desfallecer.

Rasgar el lienzo con el instante rojo de la luz. Con una sonrisa invertida que salpica el rostro de quien mira. Abrir el estómago de la ballena. De la masa blanca al exterior, la papilla humana golpea con la luz.

Mirar durante siglos y no haber visto nada, encontrar un pozo límite, una desgraciada suerte. Ver pasar a los muertos por el túnel del agujero de gusano en que se convierte cada mañana ese pedazo de ciudad. Se repite hasta la saciedad, hasta decir basta.

Cortar ese dedo espectador para volver a comenzar. Comérselo. Regurgitar y dar de comer a los cachorros.

Trazar a tientas el próximo paso de la evolución.

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