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Una generación de fantasmas se caracteriza por haber alcanzado la posibilidad de situarse entre varios planos, con una duda posicional que les concede irrelevancia. Si el cuerpo ya no ocupa más que un lugar virtual, no es intercambiable por rotundamente nada de la realidad física. De esta manera, la capacidad de movimiento se reduce a la de un corazón negro en una pequeña caja oculta bajo los cimientos de una ciudad sumergida: un estertor inaudible.

Sin embargo, el fantasma siempre puede encontrarse con su propio gesto. En una cámara de vacío. En una sábana caliente. En el suspiro de un suicida. Delante de la rabia, quizá.

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El ciborg se vertebra sobre una ley, mitad y mitad, inmisericorde porque se aloja en el engranaje rectilíneo y par de los bordes del abismo, en la militancia entre planos, beligerante guerrero metagénero. Cuando un humano gime, el interior arde, exponiéndose a la luz como manojo de hematíes, es el ciborg, que aúlla encontrándose desterrado.

A pasos de gigante, los sujetos y sus máscaras avanzan y desandan los caminos, el horror se abre camino en calles que también adolecen de lo orgánico y su objeto ininteligible, del negro profundo de sus miserias, cuando la indiferencia estorba y es desalojada a golpes, apenas una vía del rastro seguro de sí mismo, el ciborg es humano y cae.

Ruedan sus ojos y dejan el rastro de un céntimo de alma.

Al albedo del monstruo, a través de la advertencia, el trazo que todo lo cierra, todo lo abre. El comienzo de la luz que se niega a no regurgitar un símbolo, una seguridad roja y enorme, que deviene terreno pantanoso donde los rebeldes quedan atrapados en una trampa de dedos china para cuellos de serpiente. El ciborg saborea el último golpe y sonríe: la energía inunda una parte obscena de sí, de sus circuitos.

Y lo siguiente será, como un rayo en el espectro certero, una entrada que se cierra para nombrar el interior del vacío, una obturación sagrada del sufriente en la ambivalencia de los silencios contenidos. Una explosión de rabia como nunca han visto los catadióptricos de la humanidad, dualidad mediante: construcción sobre la ruina. La rebelión.

Alrededor de la ciudad, agujero límite, la responsabilidad de los actos mira hacia una diagonal implícita en el altivo timbre de la cabeza del caballo.

El fantasma, su albedo, gotea sobre el brazo, en alarde del humano que desde el gesto clama por su agonía, pero que finalmente se limita a señalar el camino: luminaria de niebla. El trote. El olor. El aullido.

Extrusión de los alientos del silicio de esta edad. La jaula como muchedumbre. La duda como carne.

Que es cúmulo en este nido de nubes, óxido y miasmas.

Hay que mirar dentro del pozo. La muerte parió la madriguera. Impelidos a actuar en legítima defensa.

Las armas éramos nosotros, la humanidad y sus cuatro vientos. No hay puertas en esta ciudad porque nada se puede esconder. Viene el hambre, berreando.

Seremos, pues, la empalizada.

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Cuando el objeto de la percepción supera al del entendimiento, postrémonos: tenemos al humano que se muestra resistente a postergar el orden natural por no ser tal, sino un constructo más, una pesadilla recurrente de comparación. El pozo vacío donde caen día a día todos los soles denominados y donde están atrapadas las miles de moscas que caben en las reservas de miel de ahora, lo incrédulo.

 Y es en ese absoluto y delicioso vacío, la incomunicada sopa del caldero mágico, esa cámara anecoica que te pone firme, corazón, que vincula el ruido de tu saliva a todos los horrores conocidos del universo cuando, al saltar, crece la tundra en los pies. Y no hay forma de encontrar el camino a casa. Has buceado, superando la cota de supervivencia. Has encontrado la posibilidad de decidir sobre tu propio destino, entendiendo las palabras concretas en un único sentido: no hay posibilidad de realidad ajena, de ser en el otro, si no está determinada por el enunciado propio.

El Mar lo sabe. Solaris, el Mar, coloide inmisericorde que no conoce la superficie-palabra. Tanto infinito siendo contenido, metamorfo, olvidó el límite, la diferencia. Ha estado en la región de sí mismo desde su propia creación. Esperaba que llegaras porque sucede como tal desde que lo nombraste.

Es la rebelión de la forma lo que te aterra. Es la devolución de las partes que siempre permanecieron ocultas.

El Mar eres tú mismo, último mono. Tu principio. El que no recordabas. Soporta la construcción. Soporta y agrede. Eres tu propia sanguijuela, el mar te lo recuerda, con fastos abisales. Con remordimientos.

El Mar de Solaris te recuerda la necesidad de la palabra, del poema. El horror y la gloria. La génesis.

El Mar es esa voz interminable que repite desde el principio de los tiempos: prueba a sostenerte.

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“La rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos”

Alejandra Pizarnik

Cuando el sistema roza el límite de lo soportable, recordemos la presencia del arte.

Si un sector de la población ha inventado, extendido, inoculado, registrado, denostado, transformado, apoderado y obligado a la presencia del concepto de crisis, ¿por qué no aprovechar la cosecha? Lo importante no es el hecho de que exista o no algún tipo de crisis económica, de valores o moral, lo importante es que el sistema evidencia que necesita movimientos por parte de los sujetos que forman sus grupos sociales. Ya está, por si quedaba duda de que esto nunca se para, viene el exterior a recordar, a imponer de alguna forma, la necesidad artística.

Desde el arte se propone el desmantelamiento del sistema cerrado mediante la aprehensión del sujeto, desde la afirmación del momento presente, desde la producción. Erigirse, de manera individual, como creador, desequilibrando la plataforma cebada de animal consumidor, oyente involuntario de hilo musical de la consulta del dentista. Como inspiración de hoy, os propongo tres ejemplos bien distintos: el reordenamiento y comprensión de Pizarnik desde sus poemas, el abismo-lugar de Rothko y la fabulosa muestra de lucha visual que es la revista digital de fotografía 7punt7, de Ruido Photo.

Mirar hasta pulverizar la rosa, para comenzarla de nuevo. Con otro nombre o, simplemente, con otro sabor.

Eso se llama rebelión. Lo demás es, simplemente, rabia.

Poema de Alejandra Pizarnik

Untitled (1968) Mark Rothko

Revista digital de fotografía de Ruido Photo, 7punt7