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Está en la línea que muerde las coordenadas del poema.

Está en la patria del gesto que cae como una doncella en un bucle de sus pies -verdugos- entrelazados.

En cada uno de los rituales está, la copia intolerable del beso. Helicoidal y compasivo, el silencio se envejece por los cauces de la paridad: escaso de torpe. La distancia entre la muerte y la vida, es cada vez más triple, puro rizoma que alcanza los ojos de los animales. Pérdida del camino, encuentro de los tontos.

No sabemos amar desde el objeto.

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Cuando el objeto de la percepción supera al del entendimiento, postrémonos: tenemos al humano que se muestra resistente a postergar el orden natural por no ser tal, sino un constructo más, una pesadilla recurrente de comparación. El pozo vacío donde caen día a día todos los soles denominados y donde están atrapadas las miles de moscas que caben en las reservas de miel de ahora, lo incrédulo.

 Y es en ese absoluto y delicioso vacío, la incomunicada sopa del caldero mágico, esa cámara anecoica que te pone firme, corazón, que vincula el ruido de tu saliva a todos los horrores conocidos del universo cuando, al saltar, crece la tundra en los pies. Y no hay forma de encontrar el camino a casa. Has buceado, superando la cota de supervivencia. Has encontrado la posibilidad de decidir sobre tu propio destino, entendiendo las palabras concretas en un único sentido: no hay posibilidad de realidad ajena, de ser en el otro, si no está determinada por el enunciado propio.

El Mar lo sabe. Solaris, el Mar, coloide inmisericorde que no conoce la superficie-palabra. Tanto infinito siendo contenido, metamorfo, olvidó el límite, la diferencia. Ha estado en la región de sí mismo desde su propia creación. Esperaba que llegaras porque sucede como tal desde que lo nombraste.

Es la rebelión de la forma lo que te aterra. Es la devolución de las partes que siempre permanecieron ocultas.

El Mar eres tú mismo, último mono. Tu principio. El que no recordabas. Soporta la construcción. Soporta y agrede. Eres tu propia sanguijuela, el mar te lo recuerda, con fastos abisales. Con remordimientos.

El Mar de Solaris te recuerda la necesidad de la palabra, del poema. El horror y la gloria. La génesis.

El Mar es esa voz interminable que repite desde el principio de los tiempos: prueba a sostenerte.

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