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Otto Steinert, Boulevard St Michel, Paris, 1952

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Marcel Duchamp ~ Minotaure no. 6, 1934

 

Quizá al fantasma del pozo le atrae la concreción del agujero negro que, boca o vórtice, alimenta las profundidades nutridas en ambos sentidos. El uno y el otro, borde y no-contenido, secuestran la ventaja de lo que es tangible, inaugurando el paso de las sombras como un flujo continuo. Es en esa dificultad de encontrar el cuerpo-carne más allá del dolor donde aparece la certeza del cuerpo geométrico, el cuerpo de Lo otro.

Como alternativa a la mirada que cae hacia el centro del agujero, la posibilidad de la ausencia se soporta a partir de la vibración del límite mismo, como en la aparición del sonido en la copa de agua, circunferencia de cristal, hábilmente acariciada.

El círculo que duele porque es uno. La añoranza de siempre, el ideal de la unidad perfecta, el modelo que ha consolado el afán redentor de la carne.

En el quebrar de la forma, lo que atraviesa es vector perpendicular necesitado de sí para traspasar el umbral del plano que lo conjuga. Mientras el límite del círculo es tan concreto como vértigo (los antiguos lo sabían) el límite del cuerpo que lo observa, allá donde éste se dirige, se encuentra dibujado contra el espacio habitante, desde su indeterminación de carne-espíritu que tiembla. Inaccesible a la razón, imposible de tocar y preñez de incertidumbre. Es en esta intolerancia científica donde aparece una razón virtual de intercambio perverso: lo que no es dado es susceptible de suceder, antes, ahora y siempre.

El significante se desdibuja en el apareamiento de la forma, comprometiendo al encuentro de la carne. La carne siempre se encuentra en la producción transformada en la materia; está implícita en el encuentro que le piensa, no en el acontecimiento que allí es escogido en virtud del tiempo que designa ese ahora infinitésimo.

Así que tenemos un concéntrico que acometer para millones de fantasmas. Un corral de cuerpos inasibles. Hay sitio para todos: laberinto de significados que no desean pertenecer a nada en concreto. Más allá de la nominación del encantamiento, el fantasma cae por enésima vez. Así cobra valor su presencia.

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Créditos:

Fotografía de Otto Steinert, Boulevard St Michel, París (1952)

Waiting, de Dan McCaw

Minotaure nº 6 de Marcel Duchamp (1934)

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A la de tres y aparece el grito.

La ceguera y el estertor, el grito como la constante que emerge del vacío repleto de fauna. Orden del infante, del adulto y la vejez. Orden del sagrado corazón de la bacina repleta de miasma.

El payaso que se avecina, con los pies sobre la línea que pasó de largo. La tangente de tus pasos, Ledger, que sabías entretejer los dedos con la canícula del borde, tan absorbente. Tan cerca. Pasó de largo, como esos trenes que nunca paran y parecen que van a descarrilar. Tú nos enseñaste que el corazón de la bestia es un fantasma al que no le basta el vacío para aullar. Se expande, como un gas autónomo al que no se le pregunta, sólo se le teme. Se restriega con tus paredes, como una radiación, el grito que se mece en los labios pintados del Joker, bamboleándose como un dios en el bosque. Al acecho.

Tú estás aquí, susurra Kolb, estás para mirarme. Ya no soy sin el fantasma. Ya no soy sin que puedas admirar mi resto y adivina qué: escondo algo entre mis manos. Sólo alguien que camina puede pararse a ser mirado.

Pero al final, alguien tendrá que gritar, dice Bacon. Alguien tendrá que evacuar la ceguera que protege a los hombres, porque el dolor está bien considerado, la enfermera sabe de dolor. Y la prueba está cerrada aquí, de ojo a ojo, de intromisión a intromisión.

Los otros han visto y el ojo de la que cuida ahora es el objeto que es mirado, porque el agujero es el ojo y el agujero mira, el túnel se ha vuelto uno con el acontecimiento. El grito choca entre todas las paredes, porque está aquí para quedarse. Para ti han muerto el resto de los instantes contingentes.

Humano, bipedestación y permanece.

El fantasma ocupa los límites que el deseo no puede sostener.

El aire exhalado por ti como broma que trasciende.

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Fotograma de Heath Ledger como Joker. Biografía

“Discreetly mine” de Marianne Kolb. Web

“Study for the nurse in the Battleship Potemkin” (1957) de Francis Bacon. Biografía

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Una generación de fantasmas se caracteriza por haber alcanzado la posibilidad de situarse entre varios planos, con una duda posicional que les concede irrelevancia. Si el cuerpo ya no ocupa más que un lugar virtual, no es intercambiable por rotundamente nada de la realidad física. De esta manera, la capacidad de movimiento se reduce a la de un corazón negro en una pequeña caja oculta bajo los cimientos de una ciudad sumergida: un estertor inaudible.

Sin embargo, el fantasma siempre puede encontrarse con su propio gesto. En una cámara de vacío. En una sábana caliente. En el suspiro de un suicida. Delante de la rabia, quizá.

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Una generación de fantasmas se caracteriza por su pasado como seres no deseados, desde un presente en que la capacidad de movimiento está calcificada. Los fantasmas así deambulan en un pandemónium de imágenes, convertidos en estructuras de un engranaje que, a pesar de la expansión, dificulta sobremanera la posibilidad de desear.

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El ciborg se vertebra sobre una ley, mitad y mitad, inmisericorde porque se aloja en el engranaje rectilíneo y par de los bordes del abismo, en la militancia entre planos, beligerante guerrero metagénero. Cuando un humano gime, el interior arde, exponiéndose a la luz como manojo de hematíes, es el ciborg, que aúlla encontrándose desterrado.

A pasos de gigante, los sujetos y sus máscaras avanzan y desandan los caminos, el horror se abre camino en calles que también adolecen de lo orgánico y su objeto ininteligible, del negro profundo de sus miserias, cuando la indiferencia estorba y es desalojada a golpes, apenas una vía del rastro seguro de sí mismo, el ciborg es humano y cae.

Ruedan sus ojos y dejan el rastro de un céntimo de alma.

Al albedo del monstruo, a través de la advertencia, el trazo que todo lo cierra, todo lo abre. El comienzo de la luz que se niega a no regurgitar un símbolo, una seguridad roja y enorme, que deviene terreno pantanoso donde los rebeldes quedan atrapados en una trampa de dedos china para cuellos de serpiente. El ciborg saborea el último golpe y sonríe: la energía inunda una parte obscena de sí, de sus circuitos.

Y lo siguiente será, como un rayo en el espectro certero, una entrada que se cierra para nombrar el interior del vacío, una obturación sagrada del sufriente en la ambivalencia de los silencios contenidos. Una explosión de rabia como nunca han visto los catadióptricos de la humanidad, dualidad mediante: construcción sobre la ruina. La rebelión.

Alrededor de la ciudad, agujero límite, la responsabilidad de los actos mira hacia una diagonal implícita en el altivo timbre de la cabeza del caballo.

El fantasma, su albedo, gotea sobre el brazo, en alarde del humano que desde el gesto clama por su agonía, pero que finalmente se limita a señalar el camino: luminaria de niebla. El trote. El olor. El aullido.

Extrusión de los alientos del silicio de esta edad. La jaula como muchedumbre. La duda como carne.

Que es cúmulo en este nido de nubes, óxido y miasmas.

Hay que mirar dentro del pozo. La muerte parió la madriguera. Impelidos a actuar en legítima defensa.

Las armas éramos nosotros, la humanidad y sus cuatro vientos. No hay puertas en esta ciudad porque nada se puede esconder. Viene el hambre, berreando.

Seremos, pues, la empalizada.

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Cortar un hueso, esperar un tramo de luz de los ojos en órbita, tafetán del muñeco que da gracias a los lares, los monstruos y las inanes formas del tiempo. Trocear al fantasma, esperar la hipérbole de su presencia en cada habitación de la casa que es tu rostro, invernadero de sombras relleno de grasa. Pelo, metal, voladura de cieno.

El arte como gesto, inundando las manos, rebosando los cuerpos que se entregan a la comunión del paso sin prudencia. Bisontes negros de furia que apagan las luces de la habitación, porque en ellas hay un animal, un diablo gigante que habla desde el resto de los cristales pegados al corazón. Allí donde la herida. Allí donde está el mapa.

Te ofreceré las manos, dice el golem, bestia y droide de plástico prieto. Sostener el equilibrio de lo que eres, más allá de la muchedumbre que está lejos en el espacio que queda marcado por el gasto de la suela. El arte como sostén de la furia de los frutos negros de la determinación de la ciencia, el arte inesperado. También se trazan los caminos con el perdón de la tesela.

El gesto que acumula la piel hasta que estalla. El pulmón del robot, ladrado por la caída de los sin nombre. Ser cuidado por un animal, ser arrastrado por fin al goce de la madriguera. Las garras, el gesto de nuevo.

La belleza de las formas, destrozadas y nuevas: barbecho en el apocalipsis de los días que han de venir. El punto de unión como agujero.

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Fotografías obtenidas de Bestiary